Daños colaterales de la amenaza terrorista

Fecha Publicación: 16/11/2015

A dos días de los atentados que costaron cerca de 130 vidas inocentes en París, el mundo aún no se repone del impacto. Incluso en nuestro lejano país, era posible observar viscerales reacciones en las redes sociales: la gran mayoría, de condena al terrorismo y apoyo irrestricto al pueblo francés, pero también llamados de conciencia a no olvidar la increíblemente dura realidad diaria de miles de ciudadanos sirios, atrapados en medio de una espantosa guerra, que ha desangrado su país entre el terrorismo guerrillero del autoproclamado "Estado Islámico", y el terrorismo de Estado del dictador sirio. 

Vale la pena revisar entonces, las nociones más básicas del terror. Para Hobbes, vivir en sociedad constituye una necesidad que permite impedir que nos enfrentemos todos contra todos. Así, forjar un espacio de defensa común y de aprovechamiento de todas nuestras capacidades se torna nuestro objetivo. Crear un espacio de convivencia que sustituya el "todos contra todos" por uno de interacción gestado a partir del diálogo para ir forjando un "todos en todo". 

Naturalmente nos desenvolvemos en un contexto unitario que se reproduce y desde donde se pueden dirigir los cambios que sean necesarios para su perfeccionamiento. Es por ello, que todo redireccionamiento se hace desde esta identidad, ya que de sustentarse otro sentido de cambio estaríamos amparando la desintegración del medio social, lo que implica su destrucción, que necesariamente ha de ser violenta, por cuanto toda unidad tiende a autoconservarse y reproducirse.

No es extraño que se califique de "violentista" a quien coloca bombas en espacios públicos y dispara contra inocentes. Un espectro anónimo y terrorífico a partir del que pueden construirse las más variadas, precipitadas e inverosímiles reacciones. Es el delincuente más peligroso ya que su sigilo al actuar lo hace imposible de identificar, más aun cuando lo hace de forma inesperada e impactante, generando en quienes no son víctimas directas una sensación de ser sobrevivientes. 

En este contexto, cuando la acción se ejecuta en el centro o periferia inmediata donde se desenvuelven quienes toman las decisiones, se tiende a profundizar estas reacciones. El terrorista cuenta con que su acción dará pie a reacciones políticas, mediáticas y ciudadanas, que oscilarán desde el dolor a la frustración, y del miedo a la ira.

En su obra "Eichmann en Jerusalem", Hannah Arendt desmitifica la figura del espectro terrorista. Se trata de un ser humano bastante semejante a nosotros. Un individuo entregado por entero a una causa, sujeto incluso a alguna esperanza mesiánica de transformar el mundo por medio de sus actos violentos. 

En general, no son sujetos mentalmente desequilibrados como se los pretende mostrar, sino todo lo contrario, por cuanto entienden perfectamente el alcance de su conducta y su formación, la que les permite tener de más medios o manejar más insumos para la planificación del hecho.

Si bien la teoría de Arendt ha sido sujeto de críticas diversas, es suficientemente válida y universal para delimitar las responsabilidades en estos grupos terroristas, y no dejar que la ignorancia la expanda hacia quienes nada tienen que ver con esto: los inmigrantes que sólo buscan un lugar para vivir en paz, sin el miedo permanente de que la guerra les arrebate a sus hijos.


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