El espíritu de una ciudad que no cede ante el miedo

Fecha Publicación: 15/11/2015

París, "la ciudad luz", fue víctima del terror. Las palabras de una lectora, recordando a quienes el viernes por la tarde salieron a bailar, a escuchar música, a comer con amigos, nos hicieron recordar a Hemingway y sus inolvidables relatos de "París era una fiesta". Una fiesta que se acabó con la violencia repentina, insensata, brutal de los explosivos de fanáticos suicidas, de las ráfagas de balas sobre las vitrinas. Muchos murieron y no alcanzaron a entender por qué. Pero claro, los que quedaron vivos para recoger a sus muertos, para limpiar sus calles, para recoger la inocencia hecha trizas, tampoco lo entienden. 

París pasó de la fiesta, a revivir revivió sus pasajes más grises, sus mayores pesadillas: la sensación de vulnerabilidad de una invasión (1940, 1876), la matanza de argelinos en 1961, o la mítica masacre de San Bartolomé en 1524, feroz persecución contra los Hugonotes liderados por Enrique IV, el mismo que más tarde renunció a su credo para acceder al trono, y para pasar a la posteridad con aquella frase que nunca pronunció: "París bien vale una misa". 

Pero hoy, en la Ciudad Luz, nadie se atreve a pronunciar esa frase, porque no es el momento de confundir las cosas: los cobardes atentados contra ciudadanos inocentes no pueden ni deben confundirse con un tema religioso. Esta inmunda masacre, a manos de fanáticos del auto proclamado Estado Islámico, no tiene de religión más que una fachada de cartón, pues lo que en realidad esconde son intereses delictuales y políticos (¿podemos llamarlos así?) en regiones donde sólo han sembrado intolerancia, muerte y dolor. Bien lo destaca nuestro columnista Andrés Cruz, al citar al gran Albert Camus: la medida moral es la misma para todos, sin importar la causa. De esta manera, el Nobel francés de origen argelino, separaba la revolución por una causa justa del terrorismo, siendo este último un fruto putrefacto del resentimiento, "una autointoxicación, la secreción nefasta, en circuito cerrado, de una impotencia prolongada". 

La mayoría de los parisinos se ha dado cuenta de esto, y está luchando para sobreponerse, para levantarse del dolor y del miedo. Hoy fueron miles los que llevaron flores y velas a los lugares de los atentados, para mostrar a sus compatriotas que el dolor de aquellas familias que perdieron a sus seres queridos es también su dolor. 

Las noches de París que bien capturan Guillaume Laurant y hasta Woody Allen en sus filmes, esas noches de tintes melancólicos, de calles sorteadas por serpenteantes notas de acordeones y el vibrar animoso de sus habitantes son las mismas noches que hoy en silencio acaparan la atención del mundo, con velas en los balcones, luces en la oscuridad que envían un claro mensaje a quienes cobardemente buscan fracturar a la sociedad parisina. 

La Ciudad Luz no vivirá temerosa de abrir sus puertas al mundo, ni sus habitantes de volver a llenar las calles, los cafés y las plazas, pues la ciudad y el mundo hoy se unen para no caer ante el miedo, para demostrar que el espíritu humano es más fuerte que cualquier pretensión de hacer temblar la inquebrantable luz que se apodera de todos nosotros en tiempos difíciles. 


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