De íconos urbanos y monumentos ajenos

Fecha Publicación: 13/11/2015

Es muy propio de la naturaleza humana el buscar cosas a las que aferrarse, hitos que no tienen más valor que los que el hombre quiera conferirles. Pero dotados de ese poder, de esa fuerza simbólica, pueden aunar voluntades e impulsar los destinos de un pueblo.

La piedra negra de origen meteórico depositada la Kaaba en La Mecca es un buen ejemplo de ello. Ésta ya era una pieza de culto mucho antes de la aparición de Mahoma, pero el profeta tuvo la claridad de no eliminarla con la nueva fe, y transformarla en el lugar de peregrinaje más importante del Islam, reconociendo su fuerza icónica en la vida espiritual de los árabes.

Sin embargo, pocas veces está en manos de la autoridad el atribuir una carga simbólica. No es por decreto que una piedra se convierte en hito, una reliquia en pieza de devoción, una intervención urbana en sello identitario. Así, grandes estatuas, palacios y monumentos han tenido vidas efímeras, y a duras penas han sobrevivido al recuerdo de sus contemporáneos.

Parece ser el caso del vilipendiado Memorial para las víctimas del terremoto de 2010, erigido en la costanera de Concepción, proyecto impuesto desde Santiago para el cual poco o nada se escuchó a quienes sufrieron la peor parte del terremoto. Así, la inversión de $2 mil millones, hoy permanece ajena al tramado de la urbe, como una salitrera fantasma, con las puertas cerradas y semi abandonada por el Serviu y el municipio. 

Tal vez una austera placa donde alguna vez se levantó el edificio Alto Río, o un pequeño parque junto al Bío Bío habrían corrido una mejor suerte que aquel amenazante coloso de piedra, con sus infundadas pretensiones de inmortalidad. Tal vez un humilde hito habría tenido más chances de elevarse a nivel de ícono, entretejido de recuerdos domésticos y genuino respeto ciudadano por los que ya no están.


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