A quién obedecen los políticos

Fecha Publicación: 9/11/2015

Sencillamente parece estar de moda el no obedecer, empoderada la sociedad, considera que dentro del paquete está la obediencia como una condición optativa y voluntaria. La obligación de obedecer parece asunto del pasado, expresiones de larga memoria, serían ahora inadmisibles, propias de sociedades retrogradas, de abuso claro y evidente de los más fuertes sobre los más débiles; "Casadas obedezcan a sus maridos ", "Hijos, obedezcan a sus padres en todo".

Sin embargo, grato o no, tempranamente se descubre que saber obedecer es tan importante como saber mandar, que ese proceso engloba a la gran mayoría, con roles intercambiables según la situación, pero sin el cual no es posible funcionar, para lo cual se necesita una organización y una autoridad para la coordinación de las tareas y unas reglas que se deben cumplir para conseguir los objetivos que redundarán en beneficio del grupo.

En ese marco se instala la actual polémica de la obediencia debida de los políticos, no importa en que posición se encuentren, frente a las órdenes de sus partidos, el tema no es ni nuevo ni local, está presente casi cotidianamente en el trabajo de los gobiernos, por tanto hay sobre el particular mucha reflexión y abundante evidencia en el sentido de las ventajas y las inconveniencias de la obediencia, para los que mandan y para los que obedecen.

Los partidos postulan que sus candidatos han salido elegidos primero porque fueron postulados a consecuencia de un laborioso trabajo interno de las agrupaciones, se supone con acuerdo tácito de para qué, o a lo mejor ni siquiera tan tácito, sino bajo condiciones precisas, ya que se trata de apoyar y robustecer las líneas partidarias, los objetivos generales y metas del grupo.

Contemporáneamente se ha expresado que mandar es obligar y convencer, pero que cada vez es más necesario que la obediencia se base en la educación, en el respeto y en la colaboración, no parece ser un asunto de imposición, aunque exista el riesgo de ser eliminado de la nomenclatura quien actúe díscolamente, aunque en conciencia.

Si no existiera esa posibilidad resulta lamentable que los interpelados obedezcan sin pensar, sin estar cabalmente informados de las implicancias, o lo hagan por intereses o temor, incluso aunque la orden esté en contra de sus creencias, convencimientos o principios. Lo injusto de la obediencia ciega de partido y de voto, es que los políticos que acatan, sin pensar y sin saber, puedan seguir en el gobierno y que su ejemplo marque una sociedad en la que la práctica de cerrar filas y contar votos cuenta más que votar en conciencia, explicando la pobre imagen que en general tiene la política.

Frente a problemas valóricos, la orden del partido es un conflicto interno de considerable magnitud para el político de la agrupación, pero frente a otras situaciones, el conflicto se puede producir más bien con quienes lo han elegido, por los ciudadanos que emitieron su voto justamente para que les representara.

Es un llamado a la conciencia de los políticos regionales, los cuales tendrán que optar a veces por obedecer a sus partidos o jugárselas sin dobleces por su región, nunca como ahora esa postura de los parlamentarios y autoridades regionales va a ser más estrechamente observada, ya que las conveniencias de los partidos, preocupados por la próxima elección podría ser errática, el foco, el interés y la unidad de propósito, está a cargo de quienes han sido elegidos en la región para robustecerla, no para dejarla al margen.


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