Desmunicipalización de los colegios

Fecha Publicación: 4/11/2015

Para algunos esa y no otra, debió haber sido una de las primeras medidas a la búsqueda de mejorar la calidad de la educación, con un impacto mayor, un costo menor y una considerable guerra sin cuartel postergada hasta nuevo aviso.

Los cambios siempre generan reacciones, es la ley natural de las cosas, sino no ocurre nada de aquello es que el cambio, o no existe, o es tan inútil como inofensivo. Entonces una lógica reflexiva, posiblemente no suficientemente aguerrida para los fundamentalistas del derribo de estructuras, indicaría que para avanzar en cambios mayores hay que ir venciendo resistencias paulatinamente, mecanismo posiblemente más productivo que esta creación de frentes robustecidos por la intransigencia y la doctrina, por no mencionar la soberbia y la ignorancia. 

La Presidenta Michelle Bachelet ha presentado el proyecto de ley de Desmunicipalización o Nueva Educación Pública, una iniciativa considerada como uno de los pilares de la Reforma Educacional, con el que se busca fortalecer el sistema escolar municipal, altamente controversial por la notable asimetría de recursos de los municipios, por un lado, o lo aleatorio de la actitud de las autoridades alcaldicias frente a las tareas educacionales de sus comunas, desde muy entusiasta, a una prioridad terciaria, frente a otras demandas y necesidades.

Es interesante que este proyecto genere desde su propuesta un apreciable número de comentarios, en los pro, que los tiene, y en los contra, que también están, ambos, tanto los pro como los contra, a ser probados con control riguroso desde su puesta en marcha. Uno de estos aspectos se refiere a la conformación de una Dirección Nacional de Educación Pública, entidad que se encargará de la implementación gradual de la iniciativa y un número apreciable, en estado de régimen, de servicios locales de educación, los cuales son al final los encargados directos de la administración de los colegios públicos.

Posiblemente, en etapas más tempranas del Gobierno, en estado de beatitud, la iniciativa habría sido recibida con relativa expectación y ánimo para evaluar sus características y estudiar a profundidad los textos que la describen, incluyendo las consabidas letras pequeñas, pero ahora, ante las numerosas muestras de previas y otras desprolijidades, sobre el proyecto se expresa toda suerte de sospechas y desconfianzas.

En las propias líneas oficialistas, resguardos sobre financiación, en el frente opositor, los temores frente a una conducción ideológica o partidaria del modelo, y muchos otros sin confesión partidaria, el temor ante el numeroso contingente de administradores de diferente nivel y su eventual capacidad de gestión, para no referirse por el momento a la necesidad de transparencia y auditoría de fondos considerables.

Uno de los aspectos más positivos, en el intertanto, es que a diferencia de otras propuestas remodeladoras, intransables y ubicadas en el centro geométrico del corazón reformista, esta contiene un reconocimiento desde la partida a la prudente y necesaria gradualidad, una buena muestra de mayor madurez política, ya que es obvio que el proyecto contiene inevitablemente complejidades que no pueden llegar a afectar a los niños chilenos y por esos mismo hay que dar espacio a las necesarias adecuaciones para que consiga el resultado óptimo que debería estar en el ánimo del legislador.


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