Simce, un instrumento para medir el pulso de la Educación

Fecha Publicación: 3/11/2015

Basta con una rápida mirada a los medios, en cualquier región de Chile, para darse cuenta en qué están invirtiendo su tiempo más precioso los rectores de las grandes universidades del país, no seguramente a proyectar el conocimiento científico de sus casas de altos estudios y posiblemente tampoco a transferir tecnología a las empresas, entre otras urgentes iniciativas.

Es muy posible que teniendo claro que son esas, entre otras, las prioridades más justificadas, deben dedicarse con particular concentración a resolver los acertijos propuestos por el Gobierno para el financiamiento, becas que no son lo que eran, o a lo mejor sí, y diversos escenarios de gratuidad, con montos y condiciones por definir en un futuro próximo a establecer.

Hay, de pronto, comprensiblemente, algunas alusiones a la calidad de la educación, como un reproche prontamente acallado ante la urgencia de esos otros asuntos vitales, como por ejemplo asegurar la continuidad de los proyectos, la viabilidad de los programas y el acercamiento a las visiones institucionales.

Mientras tanto, la Agencia de Calidad de la Educación entrega un informe con alto valor diagnóstico. En ese estudio se muestran los resultados de las pruebas Simce de todas las asignaturas sometidas a medición, con algunos antecedentes que se hubiera esperado fueran de otro modo, dados los esfuerzos que se han hecho para cambiarlos.

Al observar las tendencias, a título de ejemplo, de los resultados obtenidos por los alumnos en matemáticas desde el 2002 al 2014, es posible sacar algunas conclusiones; la primera es que no ha habido grandes cambios en todos esos años, en lo relativo a puntaje, lo que por supuesto no es bueno. La segunda conclusión es que se mantienen, con pocas variaciones, las brechas entre los colegios según el nivel socioeconómico, con una casi impecable correlación; a menos dinero, notas más bajas, a colegios más caros, notas mejores, casi así de crudamente simple.

En algunos niveles hay pequeñas disminuciones en la magnitud de la brecha, en otros, como el octavo básico, los resultados de matemática se han mantenido desde el año 2000; en ese año, los estudiantes de colegios pagados tenían un promedio de 302, y los colegios de alumnos de más bajo nivel socioeconómico, 230. La misma medición, catorce años más tarde, muestra que los estudiantes de esos niveles alcanzaron promedios de 309 y 233, respectivamente. O sea, de 72 a 76 puntos de diferencia a favor de los primeros 

Lo curioso, si es que en realidad algunas propuestas resultaran sorprendentes, es que en vez de examinar por qué las notas no mejoran, por qué las brechas no disminuyen , se argumenta que la prueba ya no sirve, es decir, si la fiebre no remite, si la frecuencia cardíaca o la presión sanguínea son demasiado altas, lo que corresponde es librarse de instrumentos que insisten en delatar los signos negativos, romper los termómetros y enviar a los laboratorios de diseño los instrumentos para medir presión o frecuencia.

Es hasta cierto punto inexplicable que lo que resulta evidente para los países del primer mundo, al establecer los requisitos para un buen resultado de la educación; la calidad de los profesores, la infraestructura de las instituciones y el nivel socioeconómico y cultural de los pueblos, tenga para los detractores de la prueba Simce, otras soluciones, como terminar con la prueba, por ejemplo.


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