Poner reales límites para frenar de una vez por todas la delincuencia

Fecha Publicación: 1/11/2015

No importa repetirlo, lo que sí importa es que resulte esta repetición en olvido y aceptación como parte de una realidad inalterable. En la última década, la delincuencia se ha convertido en uno de los problemas más importantes para la ciudadanía y, por tanto, también para las instituciones a cargo de la prevención y el control del delito, la persecución penal, el castigo y el fortalecimiento de la seguridad pública en general.

Hasta aquí, describir esta situación puede parecer reiterativa, lejos del interés de las personas, que pueden entender que se trata solo de más de lo mismo. Pero el hecho es que tras las cifras de los delitos cometidos se oculta otra mayor, otro cúmulo de hechos delictivos que no son denunciados, la "cifra negra", que puede alcanzar cifras tan altas como el 73,1%, a nivel general, de los delitos ocurridos.

Los delitos contra las personas, robo con violencia o intimidación, robo por sorpresa y hurto, afectan, aproximadamente al 20% de la población y el hurto, que afecta al 9,1% de los hogares, presentan el nivel más alto de no-denuncia con un 75,2%. Ocurre de manera parecida con el robo por sorpresa y el robo con violencia o intimidación, ambos con una relativa alta incidencia en el total de delitos que se cometen en el espacio público: 7 de cada 10 "lanzazos" y, entre 5 y 6 de cada 10 "asaltos", no se denuncian.

Hay muchas explicaciones para explicar esta cifra negra, la de no denunciar, pero entre la primeras está la frustración. No vale la pena tomarse la molestia porque no pasa nada, no hay detenciones y si las hubieran, los delincuentes salen libres de polvo y paja, por intachable conducta anterior u otra cabriola legal, listos para continuar con su oficio, interrumpido, acción repudiable, por este intento de hacer justicia abusando de un perfecto inocente.

El agravante es la evolución hacia una delincuencia violenta y asesina, que no trepida en atacar a mujeres o ancianos sin escrúpulos, con las fuerzas del orden aparentemente sobrepasadas. De tal modo que la más reciente innovación, los portonazos, preferiblemente sobre mujeres, han escalado hasta una pesadilla probable para cualquiera, una camionera lanza su vehículo para detener un asaltante en motocicleta a una bencinera, un general de carabineros mata de un certero balazo en el cráneo, en defensa propia, a un delincuente armado que le amenaza directamente, al intentar defender a su esposa, en su propia casa.

Cuál es el menaje de estos acontecimientos, por qué la fuerza pública no es capaz de tomar la iniciativa, o de actuar con la necesaria fuerza. Hasta cuándo los derechos humanos se consideran mutuamente excluyentes con la autoridad para actuar frente a los delincuentes, quién acude, calculadora en mano, para determinar qué situación es políticamente correcta, es decir, redituable a la hora de ser candidato.

Quiénes son los que enarbolan las banderas de la libertad, de la democracia, de la no represión, ante delitos flagrantes. Es hora de poner las cosas en su sitio, la inseguridad de los ciudadanos al dejar a sus hijos camino al colegio, el permanente temor a perder sus bienes, a ser agredido, qué salida tiene, la de la justicia, como está consagrada en la Constitución, o en la defensa personal o de grupos de particulares enfurecidos y frustrados. Es así como se quiere organizar a la sociedad chilena frente al delito. No puede ser que todo lo que ocurra sea declaraciones gubernamentales de buenas intenciones.


  Imprimir noticia   Descargar versión PDF