Recursos de todos para administración deficiente

Fecha Publicación: 30/10/2015

No suelen estar tan lejos de la razón los antiguos proverbios, que de tan viejos traspasan las fronteras y con cambios menores, pero parecido sentido, advierten y señalan; las cuentas claras y el chocolate espeso, por ejemplo, que a pesar de lo remoto de su origen y por lo mismo de su amplio conocimiento, no logra ser integrado al tipo de situaciones que no podrían ser de otra manera. No puede haber mal manejo de los recursos públicos, por ser lo que son, de todos, por mucho que se aluda piadosamente, falsamente, que se trata de dinero del Estado. Esa caja se ha construido con el aporte de todos los chilenos.

Si bien pudiera entenderse que hay trabajadores que por su nivel de rentas no pagan impuestos, al efectuar un poco de sintonía fina, se puede observar que sí contribuye a la caja grande, a veces sin darse cuenta, la cotidiana cuota en cada cosa que alguien compra o consume, obedece a la ley económica más primaria; pequeños números, multiplicados por grandes números, resultan en números grandes.

En la Encuesta Nacional Bicentenario PUC-Adimark, un 28% de los encuestados declaró que en su caso personal le parecía que no pagaba impuestos, un 12% estimó que algo pagaba y otro 15% que pagaba, pero poco. En conclusión, no hay mucha conciencia de lo que se paga en impuestos, en cierta medida la percepción se explica porque en Chile el 70% de la población que trabaja no supera los $572.590 de ingreso mensual, un poco por debajo de la cifra que sí paga impuestos a la renta.

El asunto es que hay una ingeniosa lista de impuestos indirectos, basta con recordar la lista, empezando por el IVA, el muy notorio y persistente impuesto a la bencina, el típico caso de tributo acotado por un tiempo que se queda para siempre, los impuestos al tabaco, a las bebidas analcohólicas y las que sí tienen alcohol. Algún economista gentil ha hecho un cálculo somero, una persona del quintil más bajo aporta durante su vida laboral algo así como 17 millones por esta causa, y otro del segundo quintil, 34 millones, dinero que podría ser un complemento bastante bueno para su pensión o para algo muy necesario en sus últimos años de vida.

Entonces, todos los ciudadanos, de un modo u otro son parte de ese fondo anónimo que se entrega al Estado para el bien común de la nación, una responsabilidad que no parece ser bien comprendida por los administradores, se pierde mucho dinero en planificación defectuosa, en puentes dignos de anécdotas hilarantes a nivel mundial, en licitaciones sospechosas, que resultan en indagaciones no siempre productivas, en casas que se gotean, en obras detenidas o suspendidas sin previo aviso y dejadas allí, hasta el milagro próximo, sin el menor gesto de rubor o arrepentimiento.

El proverbio antes citado, tiene variaciones; las cuentas claras conservan las amistades, se concluye que las cuentas oscuras, no. Por tanto, el Estado tiene que afinar sus controles, tiene que aprender a dar cuentas y a terminar con la irritante impunidad de quienes usan el dinero de todos irresponsablemente, dinero ajeno. El mundo político sigue sin reaccionar del modo que la ciudadanía espera, distraído en sus ambiciones y su juegos de poder, no ha terminado de darse cuenta que se ha socavado seriamente la confianza en sus acciones, lo cual ha resultado en un indeseable alejamiento de la ciudadanía. El ejercicio de poner las cartas sobre la mesa, debería ser harto más serio, responsable y frecuente de lo que ha sido.


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