Los requisitos para lograr una correcta participación ciudadana

Fecha Publicación: 28/10/2015

La sociedad contemporánea permite ponderar su perfil predominante mediante el análisis de algunos de sus principales rasgos, tales como: la masificación y democratización, la creciente autonomía de los jóvenes, el derrumbe de las utopías sociales, la individualidad, el egoísmo, la ambición interminable, el materialismo, entre muchas otras posibilidades de descripción igualmente incompletas o superficiales, lo que queda, al terminar de reflexionar sobre el particular, es que la sociedad ha cambiado y no necesariamente para bien.

Si se acepta la posibilidad de un materialismo más acentuado que en épocas precedentes, particularmente en Chile, donde los éxitos son más bien reconocidos por logros metálicos que por aquellos espirituales, es consecuente entender que se preste menos atención a las cosas del espíritu, que no haya tiempo, ni ganas, para tomar el trabajoso y mal remunerado camino de la cultura, del arte, de la satisfacción de la inquietud intelectual, reemplazada eficazmente por la inquietud bancaria.

El producto de esas circunstancia es plenamente visible, personas con escasa motivación por el trabajo en grupo, o por la participación, esta última ante la declarada renuencia a hacerse parte. Tiempo perdido, cargas descritas escépticamente como inútiles, que restan la velocidad de crucero de la ambición. La preocupación por terceros, o por el bien común se transforma en un lastre, en un desgaste indeseado de energías que mejor se emplearan a impulsar el escalamiento individual.

Hay dos enormes tareas que sin la participación de todos, o a lo menos una respetable mayoría, pueden concluir en resultados deficientes, de entre muchas otras iniciativas que requieren análisis riguroso, en lo inmediato, la tan mencionada y ampliamente publicitada participación ciudadana, tanto en el ámbito nacional más amplio, como es el caso del proceso constituyente, como a escala regional o urbana, como los planos reguladores.

La dificultad reside justamente en los dos requisitos previos; el conocimiento y el interés por participar. En el primer caso, se contempla un proceso de educación cívica, que en términos claros significa lisa y llanamente enseñar a las personas a ser ciudadanos a cabalidad, instarlos a conocer de la vida política del país, la administración pública, los órganos del Estado, con base en el conocimiento de la Constitución, cuyo texto debería estar desde el plazo más breve en manos de todos, paso previo a introducir modificaciones o cambios.

La participación ciudadana es igualmente necesaria para impulsar el desarrollo regional, para diseñar las ciudades del futuro, o el uso del territorio. La ciudad amable, a escala humana, con áreas verdes y espacios públicos, el cuidado del patrimonio ambiental y paisajístico, deben ser una propuesta a las comunidades e incentivar su compromiso, aunque haya que vencer un muro de inicial indiferencia.

La teoría de la participación ciudadana, que se supone fue amplia y profunda, si se toma en consideración la declaración de los encargados de socializar las reformas propuestas por el Gobierno, no ha dado muestras de haber sido suficiente o adecuada, si se observa los resultados de su implementación. Una lección que debe alertar sobre el tipo de esfuerzo necesario para conseguir resultados que convoquen a los chilenos, en vez de separarlos en grupos mutuamente irreconciliables, esperando borrar lo obrado a la menor oportunidad.


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