Tasa de empleabilidad y sus estrecha relación con la formación académica

Fecha Publicación: 27/10/2015

Entre uno de los indicadores más directos del desarrollo económico está aquel de la tasa de empleabilidad, el castigo bíblico que es más bien una esperanza en el mundo real; ganarse el pan con el sudor de la frente, no seguramente en forma literal, pero tener cubiertas las necesidades y los sueños, con un trabajo honrado que remunere proporcionalmente a las capacidades de quien trabaja, a trazos gruesos, pero lo suficientemente claros para entender que en sentido contrario, el desempleo, actúa como señal nítida que algo no funciona como es debido, que hay errores en alguna parte.

Si en muchos países el desempleo es un factor preocupante, el desempleo de la gente joven puede serlo aún más, ya que es allí donde primero se muestra la adecuación de las capacidades de la nueva generación de trabajadores de cualquier naturaleza, para las demandas del mundo contemporáneo. Como una de las tasas más alta de la Ocde, el desempleo entre los jóvenes en Chile es más de dos veces mayor que el promedio general. La cifra alcanza a un 14,9%, lo que pone de relieve que los profesionales y técnicos que entran al mundo del trabajo no cumplen con lo que el mercado nacional necesita.

En entrevistas a diferentes medios, el gerente general de Hays Chile, una consultora global en desarrollo estratégico y reclutamiento de personal calificado, opina sobre la demanda del sector privado, la que "no encaja con la oferta masiva que las universidades privadas están poniendo en la sociedad chilena". Aunque bien podría pensarse que hay carreras que pueden no haber hecho los ajustes que corresponde debido a una escasa vinculación con el medio. 

El último informe, hace pocos días, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), concluye que una mayor convergencia del mundo educativo y laboral son claves para combatir el desempleo juvenil. Un tema de interés mundial, ya que en los países que integran esta organización, ya hay 20 millones de niños -jóvenes que ni estudian ni trabajan.

No se trata solo de un infortunio particular de cada joven desocupado, sino la pérdida de ingentes sumas invertidas en su educación para lograr habilidades y destrezas que al final no tienen aplicación productiva. A este respecto hay datos alarmantes; el Programa Internacional para la Evaluación de las Competencias de los Adultos de la misma Ocde muestra que el 10% de los nuevos graduados son competentes sólo en los niveles más bajos de manejo del lenguaje y el 14%, del cálculo numérico, como es de adivinar, esta falta de competencia asciende a más del 40% en aquellas personas que abandonan la escuela antes de finalizar la educación secundaria.

Se comprende entonces la urgencia de una continua y eficaz revisión de contenidos y experiencias de los estudiantes y la necesidad de anticiparse en la identificación de las habilidades que necesita el mercado laboral. Las instituciones educativas y el sector empresarial deberían colaborar para diseñar marcos de calificación que reflejen de forma precisa las habilidades reales de los nuevos graduados, además de garantizar que todos los jóvenes finalicen su formación con un amplio conjunto de habilidades cognitivas, sociales y emocionales. No es posible continuar formando a jóvenes sin saber si lo que aprenden servirá para algo.

La calidad de la educación, requisito básico, debe estar acompañada de la pertinencia de lo que se aprende, meta indispensable.


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