La necesidad de llevar a cabo una política real de vida saludable

Fecha Publicación: 11/8/2015
Hace poco, en un estudio realizado por la Fundación Chile y GFK Adimark, se trató de obtener un perfil del chileno sobre la calidad de su vida y el compromiso que asume para cuidarla. Con categorías arbitrarias, se categorizaron cinco grupos: el primero, que corresponde al 12% de la población, tiene un perfil resignado, con un estilo de vida poco saludable y fuertes limitaciones para llevar una vida sana.

Otro 12%, catalogado como esforzado, que incluso con limitaciones muestra gran entusiasmo para llevar un estilo de saludable. Otro 29% es encasillado como motivado, con pocas limitaciones en su entorno para llevar una vida saludable y gran interés por el bienestar y vida sana. El menos perdonable es el cuarto grupo: un 27% es culposo, que sin tener problemas no está motivado para un estilo sano ni de bienestar, más el clásico grupo de indecisos, un 20% sin un estilo de vida determinado.

Una realidad preocupantemente informal en cuanto al compromiso de las personas con su propia salud, en lo relativo a alimentación y conductas saludables. Más si se recuerda que una de las grandes epidemias de nuestro tiempo, la obesidad, causa la muerte de al menos 2,8 millones de personas por año en el mundo. Según estimaciones oficiales, en nuestro país un 67% de la población corre este riesgo y en esa realidad los hábitos alimenticios juegan un papel indiscutible.

Los resultados de la Primera Encuesta Nacional de Consumo alimentario son suficientemente explícitos: un 95% de los chilenos deben cambiar su dieta para mantenerse saludables y prevenir enfermedades asociadas a una mala alimentación. La mayoría de los alimentos que se consumen tienen una alta composición de energía, azúcares y sal. Además, el 52,8% come aceites y grasas saturadas, mientras que el consumo de lácteos en los niños alcanza apenas el 50% de lo recomendado.

A pesar de campañas y programas gubernamentales, lamentablemente esporádicos, la situación no parece variar. Hace pocos días la revista PLOS (Public Library of Science) ONE, informa sobre datos mundiales que describen a Chile como un país con alto consumo de bebidas y bajo de leche. Los datos duros indican que los chilenos consumen 330 cc de lácteos al día, la mitad de lo recomendado por las guías alimentarias. Según la Encuesta Nacional de Consumo de Alimentos, los chilenos consumen en promedio por persona 141 litros de bebidas gaseosas al año, ubicando al país en el tercer puesto a nivel mundial, tras EE.UU. y Argentina.

Las bebidas azucaradas, los jugos de fruta y la leche, son componentes de la dieta que, para bien o para mal, tienen efectos sobre la salud humana. Las primeras asociadas al aumento de peso, diabetes y caries, y el consumo moderado de jugos una saludable fuente de vitaminas, minerales y antioxidantes. La leche aporta vitamina D, calcio y calorías, sobre todo en niños y adultos mayores.

No importa el nombre eufónico para denominar la necesaria campaña para educar a la población desde temprano, en los primeros años escolares, y toda la vida en los diferentes entornos propios de los grupos etarios, sobre adecuados hábitos alimentarios. Lo que interesa es que no sea borrada del mapa por la próxima administración, que haya una visión de Estado para reforzar y sustentar una política que redunda en la salud de todos los chilenos.

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