Responsabilidad de un niño

Fecha Publicación: 14/10/2015

Un niño de seis años llega corriendo a su colegio. Sus papás, que lo dejaron en la puerta, le dicen que se apure, que corra, porque va tres minutos atrasado. El niño no tiene reloj -no le han enseñado a ver la hora aún-, pero ya entiende lo que significa. Su estómago se aprieta, su corazón se acelera y se le forma un nudo en la garganta, anticipando lo que deberá afrontar.

En efecto, se da cuenta que, frente a la inspectoría, una larga fila de niños espera por un "pase", el infame papel que certifica la vergüenza del atraso. El inspector lo interrogará, le pedirá sus datos y lo despachará con ademán burocrático. Atravesará el pasillo cabizbajo, y entrará a su sala, donde sus compañeros lo verán y lo recibirán en silencio, con una sonrisa burlona, mientras entrega el pase a la profesora. Con algo de suerte, ella no le dirá nada, pero lo mirará de soslayo y respirará hondo, sólo para recalcar su decepción con el aire expirado.

El niño volverá a su puesto avergonzado, pero también frustrado, porque no fue él el que se atrasó en la mañana, sino sus padres.

Si un pequeño de seis años es capaz de vivir así un atraso, ¿por qué muchos parlamentarios, elegidos para cumplir una labor legislativa-remunerada por todos los chilenos, no parecen demostrar cargo de conciencia por faltar a sesiones donde se discuten las futuras leyes, se escucha a los pares y se toman las grandes decisiones? 

Tal vez sea bueno que los honorables vuelvan a tener el sentido de responsabilidad de un niño, frente a funciones que, justamente, precisan la mayor de las seriedades. 


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