La autoridad moral del Contralor General de la República

Fecha Publicación: 11/10/2015

Por lo general, la llamada sabiduría popular es mirada con justificada reserva, ya que representa, en no pocos casos, interpretaciones más viscerales que razonables. Sin embargo, a pesar de su extremo laconismo, hay expresiones que encierran verdades incuestionables, con indesmentible elocuencia, como la expresión de que "no hay peor sordo que el que no quiere oír".

Hay, en efecto, muchas razones para optar por dejar de escuchar, casi ninguna buena, como podría ser dejar de oír palabras necias, mensajes vacíos, insultos gratuitos. Pero en la mayoría de los casos, se trata de situaciones claramente diferentes, nítidamente atendibles, por lo cual dejar de oír resulta incomprensible. Es difícil encontrar razones para no hacerse cargo de argumentación perfectamente válida.

Esta vez el Gobierno ha optado, por enésima vez, por dejar de escuchar a moros y cristianos, no solo a los que podrían ser interpretados como tendenciosos, dando una muestra más de oposición sistemática en tiempos de conflicto, sino dentro de las propias líneas, provenientes de aquellos que sí parecen tener niveles acústicos funcionales.

No fueron propiamente escuchados quienes han vivido en el mundo de la educación, no parecen haber sido escuchadas las advertencias y resguardos de diversos sectores del mundo laboral, se ha prestado escasa atención a las interrogantes del ambiente tributario, se ha seguido adelante hasta tropezar con las dificultades advertidas y desestimadas.

La figura del Contralor de la República, para la tradición republicana chilena, es notablemente exigente. Hereda, a lo largo de miles de años, las características de un censor romano, que al momento de ser nombrado quedaba separado del común de los mortales. No podía mezclarse en igualdad de términos con sus pares, tenía que inhibirse de muchas actividades sociales o de esparcimiento y estaba obligado a mantener una intachable conducta en relación a su familia. En resumen, su principal atributo era su autoridad moral. 

El Contralor de la República de Chile debe ser una persona que concite, sin cabildeos ni negociaciones bajo la mesa, unánime acogida, una pronta aceptación mayoritaria de todos los sectores, al visualizar en esa persona garantías de imparcialidad, rectitud y transparencia. Por la importancia que tiene su nombramiento, debe ser de amplio consenso, y no fruto de una votación estrecha o resultado de duras negociaciones, incluyendo llamadas a la lealtad partidaria. Para que esto ocurra, el Gobierno debe proponer una persona de horizontal aceptación en el Senado, que por cierto votará pensando en Chile y no en conveniencias políticas particulares. 

Puede que el candidato propuesto tenga la idoneidad suficiente, que las circunstancias que hacen de su postulación un asunto discutible no sean dignas de considerar, en ese caso se trataría de una mala gestión de quienes lo han elevado a esa postulación. No han estado los antecedentes a la vista como para tomar decisiones basadas en la estricta verdad, si así fuera, se ha dañado a un ciudadano, por soberbia o intransigencia.

La falta de Contralor es una situación que se arrastra por dos meses. Resulta incomprensible esta improvisación y la generación de situaciones enojosas, que obliga a indeseables transacciones, generadoras de desconfianza, cuando los chilenos esperan coherencia entre el discurso y la realidad, sobre todo cuando los legisladores evidencian un sostenido bajo nivel de credibilidad.


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