Opinión: "Sin llorar", por Andrés Cruz

Andrés Cruz
Abogado, Magíster Filosofía Moral

Basta con que los telespectadores simpaticen con alguna figura creíble o elocuente, que sepa decir lo que quieran oír para que marque puntos en el “rating político”, cuya lógica es la misma que se usó para dar a conocer, como si se tratara de algo aceptable, porque el “rating” lo justificaba, el informe ginecológico de una mujer mutilada y ahora vejada públicamente por su condición social. 

Pero esto es sin llorar. Bajan precandidaturas de históricos referentes concertacionistas, que a su vez bajaron y alzaron a otras figuras, inventaron rostros en base a la ciencia “encuestométrica”, porque el pragmatismo político exigía claudicar a lo que se creía era necesario. Las nuevas generaciones aprendieron bien de sus maestros. Esto es sin llorar y si al padre hay que renegarlo tres veces, que así sea. Por poder, más vale asirse a quien figure en las encuestas en lugar de otro que represente los principios que alguna vez, ingenuos e idealistas, soñamos con levantar para transformar el mundo. 

Más vale seguir con antiguas prácticas subterráneas, del secretismo, ocultando la mano del que mató al veterano alarife. Esto es sin llorar y se cosecha lo que se siembra. Cuando se pactó la democracia estaba claro que esto sería “en la medida de lo posible”. Quedó asentado que los discursos hay que llenarlos de grandilocuentes aspiraciones de profundización de la igualdad y la participación, pero que por dentro no son más que lúgubres cementerios ideológicos, en los que hace tiempo ya, las convicciones y las ideas no son más que cenizas. 

Si hay que perdonar a políticos y empresarios por los delitos tributarios cometidos en el financiamiento de las campañas electorales y perseguir al almacenero de la esquina por no emitir boletas, que así sea. Pero esto es sin llorar y tendremos que decidirnos entre la cuestionable ética de un empresario mediático y que fue dueño de un canal de TV, dos comentaristas televisivos, uno de los cuales representa el continuismo de los que se dicen nuevos adalides de las mayorías y una cara que sustenta a quienes, pasando directo de la universidad al Congreso, se dicen inmaculados, aun cuando no han vivido turbulencias históricas que les de la oportunidad de fracasar, porque para ser líderes se requiere haber fracasado y haber aprendido a levantarse. 

La virtud de un jefe de Estado no sólo está en su capacidad para desenvolverse en el éxito, sino que por sobre todo en cómo se enfrenta la adversidad, con un programa, no solo con un rostro.


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