La empatía ciudadana: el elemento faltante en la educación

Fecha Publicación: 7/10/2015

En un mall de la ciudad, hora peak, estacionamientos cercanos a la entrada ocupados, habría que estacionar en algún punto lejano. Es un día de sol y, sin embargo, una gran camioneta flamante, de color negro, con vidrios polarizados, está estacionada en un bandejón central, sobre el césped, grandes surcos señalan su punto de ingreso. 

No es un modo ortodoxo de iniciar un editorial, pero es pertinente al momento de examinar una falencia en aumento en el modo de vivir civilizado: la casi completa ausencia de empatía ciudadana.

En el terreno de las definiciones, este último término, empatía, consiste en la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro, fenómeno en parte instintivo, en parte educable, que hace que las personas se ayuden entre sí. 

Esa capacidad de respetar y hacerse partícipe de los sentimientos de los demás está estrechamente relacionada con el altruismo, una actitud que mueve a conseguir el bien de los demás de manera desinteresada, ya que cuando una persona consigue sentir el dolor o el sufrimiento de los demás, poniéndose en su lugar, despierta el deseo de ayudar y actuar siguiendo sus principios y valores morales.

Es evidente que una sociedad cuyas actitudes colectivas predominantes tengan estas características ha de ser una mejor sociedad, infinitamente superior a aquella que no las posee, carente de empatía, ciega y sorda al altruismo, con cada uno de sus integrantes atentos solo a sus particulares deseos y necesidades.

Respetando la libertad individual, en una sociedad hay que compatibilizar la existencia de dos tipos de personas en lo relativo a este asunto: aquellas asertivas que defienden sus propias convicciones, y las empáticas, que entienden las convicciones de las demás personas.

Se puede ser perfectamente asertivo sin ser insolente, o déspota; se suele confundir la asertividad con prepotencia o grosería. Lamentablemente, hay muchas personas que todavía creen que el volumen, el tamaño, la riqueza, o el prestigio son suficientes para llevarse a medio mundo por delante, saltarse las filas, irrespetar el orden de compras o de pago de servicios. 

Personajes como esos, de ambos géneros, son ubicuos, están en todas partes y en ninguna en particular. Alteran la vida de los demás, sin darse por aludidos y sin comprender que arriesgan una respuesta que no quisieran de los afectados. En la suma, un conjunto de estos seres en una ciudad puede hacer de ella algo muy desagradable en determinados ambientes.

La vida es lo suficientemente desafiante como para agregar factores que alteren la convivencia, el conjunto de relaciones cotidianas que se dan entre los miembros de una sociedad, o de un vecindario o lugar de trabajo, que consisten básicamente en el respeto a derechos y deberes mutuos. No es infrecuente que este simple precepto sea en determinados entornos un bien escaso, con resultados desfavorables para el ambiente escolar, laboral o social.

Es un ejercicio básico de educación cívica, de cultura ciudadana, o lisa y llanamente de cultura, porque si ésta fuera del nivel apropiado, todo lo demás sucedería por añadidura. Hay faltas en la educación, generaciones donde los referentes de la interacción social, en la escuela, el hogar, o en el trabajo, se han perdido, ocupado cada quien en labrar su propio camino, sin pensar que hay otros modos de vivir. Debe volverse a definir qué es educación de calidad. 


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