Argumentum ad bacullum

Fecha Publicación: 19/3/2017

En doctos ensayos e innúmeros simposios, se ha declarado que el siglo XXI tendrá como gran problema enfrentar la violencia. No es que seamos mansos corderos, con ocasionales malentendidos, sabemos que pertenecemos a una especie asesina, un mono que se ha ganado su lugar en el planeta no precisamente por su capacidad de negociación pacífica.

En épocas pasadas el término violencia se entendía como actos tangibles de agresión y destrucción, encaminados a deteriorar, en la medida de lo posible, de modo irreversible al oponente de turno y por conocida metodología, el uso del palo más grande. Ahora se sabe que la violencia incluye esos actos, pero que es más compleja, ya que se añade el abuso en otras formas, mediante manipulación de variables sociales o psicológicas, en el redescubrimiento que la lengua es más fuerte que la espada. Para los hábiles o prepotentes, es relativamente fácil agredir sutilmente, y muchas veces sin nada de sutileza, a otros más débiles en estas lides, como los menores en edad.

Mala cosa que se instale en la misma familia, se espera que allí se cree un ambiente armónico que permita el desarrollo seguro y feliz de sus integrantes, en una red de sostenible y confiable apoyo mutuo. Esta armonía puede ser alterada profundamente por actos violentos de uno de sus miembros, con malos resultados para la integridad física o sicológica de los demás, especialmente los más débiles, niños, mujeres y ancianos.

La violencia, en cualquiera de esas formas puede llegar a ser rutinaria, normal, como costo indeseado de la convivencia. Para los más crecidos podría haber la posibilidad de reaccionar, de acusar o de huir, pero para los niños no hay opción. Hay que salir a defenderlos.


PROCOPIO


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