Postergada renovación del centro urbano

Fecha Publicación: 18/3/2017

Es parte del destino de las grandes ciudades latinoamericanas, como producto impensado del subdesarrollo, la creación de megápolis, absorbentes de los recursos globales del país, mientras las otras ciudades disminuyen su importancia y ven cómo sus pobladores, especialmente los jóvenes, migran a los polos de mayor atracción y mejores oportunidades. Con el nombre de centralismo, o el que se adopte, expresa la imposibilidad de impulsar el crecimiento armónico de las naciones, en un círculo implacablemente vicioso.

En escala menor, con similares causas, las grandes ciudades tienden a crecer centrífugamente, lo que expresa la tendencia de las ciudades a la dispersión y la formación de áreas dominadas por usos únicos, selectos y exclusivos, enclaves con características particulares según el perfil de los residentes y de igual manera, por otras causas, agrupaciones poblacionales precarias con urbanización mínima o inexistente.

El mantenimiento hasta el primer tercio del siglo XX de la importancia funcional del centro en las grandes ciudades se basaba en la posibilidad de contar con un sistema de transporte público que hacía posible la comunicación con los barrios más alejados.

Sin embargo, el auge de la industria automovilística ha hecho posible que las personas se movilicen en forma autónoma, de tal modo que el transporte privado se impuso progresivamente sobre el público. La creación de grandes centros comerciales y proyectos urbanísticos en la periferia ha ido en desmedro del centro de la ciudad. Las dificultades de espacio en las calles históricas ha impulsado una migración del comercio y empresas, además de centros educacionales.

El ejemplo más notorio es la capital; el centro de Santiago experimentó, primero un empobrecimiento de su población y luego un progresivo despoblamiento. En primera instancia, la comuna central fue abandonada por los sectores acomodados. El centro cambió entonces de residentes y las grandes casonas se subdividieron para recibir a nuevos habitantes urbanos, una red creciente de servicios del metro y un complejo y criticado sistema de transporte tratan de conectar infructuosamente a una ciudad demasiado grande.

Con esa lección a la vista, resultaría imperdonable que las sucesivas autoridades edilicias penquistas perdieran de vista el riesgo de perder la identidad de la ciudad y perpetuar el modelo de acantonamiento en la periferia de complejos urbanos de diversa catadura, desde enclaves exclusivos, a zonas precarias.

Hace falta socializar el proyecto de ciudad, desde la alcaldía se informa de la iniciativa de salir al paso del proceso de despoblamiento del centro, agravado con el terremoto y el incendio del mercado, es imperioso, como se ha expresado, revitalizar el corazón de la ciudad. No es posible ignorar que vastos sectores del centro de la urbe están en ruinas, malamente disfrazados de lugares de estacionamiento, o simplemente cercados.

Socializar el estado de la ciudad con imágenes digitales, obtener la opinión de vecinos y representantes del comercio es un insumo que debería ayudar a construir un proyecto del nuevo centro urbano penquista, mercado incluido, sacar de las cuatro paredes el futuro de la ciudad e imprimir dinamismo social al proyecto colectivo de la ciudadanía. La descentralización del país, proyecto durmiente, podría ver en la iniciativa urbana un camino factible.


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