Concursos con recovecos ocultos

Fecha Publicación: 17/3/2017

Marsias fue un sátiro, excelente tocando la flauta, pero pasado de revoluciones, desafió al mismísimo Apolo, lo hizo muy bien, pero cuando Apolo pulsó su cítara, quedó muy claro que entre los habitantes del Olimpo y los terráqueos había una distancia astronómica. Las musas votaron por el dios, todas menos Terpsícores, de pura lástima. 

Apolo, con divina indiferencia, lo mandó a atar a un árbol y él mismo, con un puñal de un metal resplandeciente, lo desolló vivo y aullante, la piel humana y la bestial, sin conmoverse y un tanto aburrido. En ese sitio murió Marsias, no hay mayores detalles, salvo un leyenda de cargas negativas en la cueva donde vivió, que por lo mismo fue olvidada. Hay, después de un asunto escalofriante como ese, muchas posibles enseñanzas. Desde la más obvias, como aquella que no hay que pelear con los más grandes cuando uno es chico, hasta las más complejas, como la inequidad de algunos concursos cuyo resultado es previsible para los iniciados y lleno de esperanzas para los más ingenuos. 

Los concursos para los cargos, para los premios, para los fondos, para las becas, para los ascensos, abundan, estamos permanentemente concursando para alguna cosa, tan pronto empezamos a percibir que tocamos la flauta o su equivalente, mejor que antes. Hasta que llega el momento del concurso y lo que se supone es la hora de verdad. Podemos entonces conocer el veredicto de los jueces de turno, vencer o, como le pasó Marsias, saber quién nos ganó y el relativo consuelo de reconocer que el ganador se lo merecía. Pero no siempre es así, puede haber musas corruptas, o jueces que no tengan idea de música, es mejor tener en claro, desde la partida, que no siempre la vida es justa. 


PROCOPIO


  Imprimir noticia   Descargar versión PDF