Las dos caras de la revolución

Fecha Publicación: 5/10/2015

El estado perpetuamente revolucionario de la revolución ha preocupado siempre a los que en esos procesos tiene mucho que perder, o a los que se sienten inconfortables con los ambiguos aires del cambio. Es la tormenta perfecta para los autócratas y el peor de los escenarios para los felices de la vida tal y como está. Lamentablemente, las cosas cambian inexorablemente y no se saca nada con sacar acuerdos unánimes en sentido contrario.

La Revolución Religiosa del siglo XVI en la Iglesia cristiana y el surgimiento del Protestantismo, la Revolución rusa, La Revolución francesa, la Gran Revolución Cultural Proletaria, con los jóvenes sacudiendo en la mano el libro rojo de Mao...

Hubo otras de diversa índole, la Revolución Verde que le cambió la cara a la tecnología del trabajo agrícola a partir de los años 40, la Revolución industrial, la Revolución tecnológica, no van a faltar, por no mencionar al Partido Radical, cuya implicancia es el cambio desde la raíz, o los motores con miles de revoluciones.

No se puede extirpar los peligros potenciales con el expedito mecanismo de sacar la palabra del diccionario o decretar que no puede usarse. Por otra parte, los que se describen como revolucionarios, tienen por delante una tarea ímproba para demostrar que merecen el calificativo, o sea, promover un cambio o transformación sustancial respecto al pasado inmediato. Se corre el riesgo de exhibir una nueva y risible versión del parto de los montes, sobre todo teniendo a la vista el feliz resultado de propuestas fundamentales a base de intransables e inflexibles retroexcavadoras.


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