La actitud que lo emponzoña todo

Fecha Publicación: 1/3/2017

Uno de los mecanismos fundamentales de la democracia es la libertad para discutir cualquier asunto, porque todas las opiniones son legítimas y válidas. Eso, claro está, siempre y cuando un determinado punto de vista no sea una amenaza a la democracia, a los derechos humanos y a los valores universalmente aceptados por la sociedad. 

Esa libertad, sin embargo, debe coexistir con el respeto a las opiniones de todos los demás. Visto de esa manera, causa sorpresa escuchar argumentos que van en contra de lo anterior. La falta de respeto a opiniones contrarias es un ejemplo bien acabado de la escasez de celo por la democracia. Más aún cuando se tratan de temas de importancia relativa.

Ocurre en todos los ámbitos. Los fanáticos hinchas de un equipo deportivo suelen creer que son parte de un selecto grupo. Su club es el mejor y los otros están en categoría inferior. Los casos de violencia en partidos de fútbol son una muestra de los efectos de esa particular visión.

Lo mismo con las religiones. Muchos crímenes fueron cometidos a nombre de creencias espirituales, porque los adeptos de una fe juzgan que fueron elegidos. Por lo mismo, hoy el mundo asiste a inmensas tragedias provocadas por las diferencias en la interpretación de libros que son considerados sagrados.

En la política, lo mismo. Los de la tienda A atacan a los de la tienda B, y ambos califican al oponente con palabras poco elegantes. Cada lado piensa tener el monopolio de la verdad, la integridad y de las respuestas para todo.

Al fin y al cabo, el asunto se resume en una palabra: intolerancia. La eterna intolerancia que envenena y emponzoña todo.


Aquino


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