Educación cívica en los colegios, un primer paso necesario

Fecha Publicación: 10/2/2017

Hubo quienes apenas notaron cuando, en 1997, el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle decretó la eliminación de Educación Cívica de la malla curricular de la Enseñanza Media. En efecto, no parecía descabellado en esa época en que Chile se creía el cuento de ser "jaguares de Sudamérica", y en que había que hacerle espacio a como diera lugar a lo práctico, lo funcional y lo inmediatista en términos económicos. Educación Cívica apareció entonces, a ojos de muchos, como un ramo prescindible. 

No fue la primera vez que la asignatura era eliminada. Un repaso a la historia: en 1912 se establece Educación Cívica como asignatura independiente. Curiosamente, en 1967, es Eduardo Frei padre quien la elimina, o mejor dicho, traspasa parte de sus contenidos a Ciencias Sociales.

En 1980 se reincorpora, pero con una actualización acorde con el camino que estaba tomando el régimen de Pinochet: "Educación Cívica y Economía". En 1984, se reinstala con su nombre y sentido original, posiblemente porque poco tenía que hacer la economía en una cátedra sobre derechos y deberes cívicos. 

En 2016, casi 20 años después de su eliminación, el ramo se repuso, principalmente para ver si en algo podía ayudar a plantar la semilla de ciudadanos más comprometidos, a la luz de la altísima tasa de abstención en las últimas elecciones, post eliminación del voto obligatorio.

En efecto, desde hace un par de años diversos sectores políticos habían hecho un llamado a reincorporarla como asignatura, a través de programas, talleres u otras formas pedagógicas participativas, eficaces y permanentes, con el objetivo de promover en la población infantil y juvenil, a la par de su formación ciudadana, el desarrollo de una opinión informada respecto de los procesos de cambio en desarrollo.

En marzo del año pasado, la Presidenta Bachelet promulgó la Ley de Formación Ciudadana, que incluyó la creación de un ramo puntual de dicha materia para alumnos de 3° y 4° medio.

Y es que finalmente se entendió la necesidad de inculcar a niños y y jóvenes una mayor empatía por lo colectivo, incentivándolos a comprender la importancia del respeto hacia el otro, pese a sus diferencias; a fomentar el debate de ideas y la tolerancia, valores que, en tiempos de la inmediatez y de predominio del rumor a través de las redes sociales, parecen estarse perdiendo u olvidando. 

Sobra recalcar que no basta una ley, ni tampoco un par de horas en el colegio, para recuperar el valor de lo cívico, el compromiso con lo colectivo, el asumir como propios los deberes ciudadanos en una sociedad que parece mucho más inclinada a exigir sus derechos, pero que deja en manos de otros la elección de nuestros representantes a todo nivel. 

No basta el ramo, eso es claro, pero es un paso en la dirección correcta. No nacerán de la nada mejores ciudadanos, pero al menos se entregarán bases en común, que tal vez contribuyan a abrir algunos ojos, a mejorar su disposición al diálogo, a reflexionar sobre el futuro de todos. Es de esperar, eso sí, que se mantenga su sentido original, dejando afuera cualquier tentación de introducir, sin que se note demasiado, contenidos más propios del adoctrinamiento ideológico que de la valoración de lo cívico. 


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