La inmensidad del mundo diminuto

Fecha Publicación: 28/1/2017

Dicho antiguo; si la envidia fuera tiña, habría muchos tiñosos, en tiempos de postverdad, de envidia se habla poco, es una emoción demasiado poco glamorosa, hay sinónimos, como resentimiento y animosidad menos agresivos, hacia quien le va demasiado bien, como a Marcello Malpighi, el descubridor de la oxigenación de la sangre a nivel pulmonar.

Ese era un misterio irresuelto desde el genial descubrimiento de Harvey, sobre la circulación de la sangre, no estaba claro cómo se renovaba, si recorría el cuerpo varias veces al día. Los médicos más conservadores optaban por una explicación simple; la sangre salía a circular cuando uno estaba despierto y regresaba al interior del cuerpo durante el sueño.

El descubrimiento del médico Malpighi, junto con otros aportes notables, vigentes todavía, como las papilas gustativas y los glóbulos rojos, hizo que se le considere como el fundador de la anatomía microscópica. A esas alturas y como era de esperar, le cayó encima todo el rigor de la envidia y los celos, sentimientos disimulados, como suele ocurrir, con razones de tradición, respeto a la ciencia.

Fueron años negrísimos y largos para este obsesionado de los lentes de aumento, agobiado por la envidia de muchos de sus colegas. En 1684 su casa en Bolonia fue incendiada en circunstancias altamente sospechosas, en compensación, el papa Inocencio XII le nombró su médico personal y lo acogió en Roma con todos los honores.

A su muerte, en 1697, sus colegas le dieron un veredicto más caritativo, el profesor de anatomía de Roma, escribe en su obituario, "el incomparable Malpighi, que se aplicó a sus serios estudios, luchando contra las calumnias de los envidiosos". El ejemplo clásico de que no hay muerto malo.



PROCOPIO
 


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