Comer para vivir o vivir para comer

Fecha Publicación: 25/1/2017

Era una queja amarga de la gente de un par de generaciones atrás. Antes, comentaban con inconvincente resignación, se podía comer de todo, ahora uno mira la mesa puesta y parece un campo minado. Son las consecuencias de la pérdida de la inocencia, el que nada sabe, nada teme y, en consecuencia, se podía comer en plena paz de alma, totalmente ajenos a triglicéridos, colesteroles de diversos tipos, sodio en proporciones desconocidas, metales raros, exceso de carbohidratos y así. 

Interminablemente se baila ahora al ritmo de las últimas noticias, en lo relativo a los alimentos y sus acciones benéficas o las deletéreas. Zanahorias, paltas, cebollas, repollos, adquieren de pronto estatura de milagro, asegurando salud inquebrantable, otras cosas son más mortales que un disparo en la sien.

Ignorando aquello, se puede explicar la dieta de gente como Carlos V, Emperador de España y las Indias, quien empezaba el día con tazones de cerezas y fresas, acompañadas de generosas porciones de cremas y natas. Luego un pastel con especias, juntamente con un pernil acompañado con tocino, por si este último estuviera bajo en colesterol.

El almuerzo con una larga lista de platos, en el cual cabían todos los animales comibles y los peces y mariscos, sin olvidar compotas, frutas, y mermeladas, en 1511, un británico comunica su asombro al ser testigo de la cantidad de cerveza y vino, tomados en cantidades apropiadamente imperiales. Llevó la cuenta en una cena de rutina, Carlos bebió cinco veces durante el ágape, casi un litro de vino en cada sorbito para ir empujando tanto alimento potencialmente perjudicial.

Murió enfermo de todo, lo cual no es de extrañar, lo milagroso es que aun así resistió por 58 años.


PROCOPIO 
 


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