Sanadores de cuerpo y alma

Fecha Publicación: 24/1/2017

Los médicos antiguos, en diversas culturas, sean estas asirio-babilónicas, egipcias o romanas, mantenían los secretos de su conocimiento escritos en idiomas que el pueblo común no podía leer, ni aún los pocos que si sabían. Aristócratas del mundo académico, custodios de los secretos de la vida y la muerte, permanecían fuera del alcance de los simples mortales. El proletariado, sin posibilidades de pagar sus altísimos honorarios, se curaba con secretos de la naturaleza, heredados de la tradición y con algunos remedios provistos por los apotecarios, farmacéuticos, en esa época, semejantes a vendedores de especias o almaceneros de abarrotes.

El mundo de la medicina era un mundo de separaciones, los libros, de los cuerpos, el conocimiento, de la experiencia, los sanadores, de los enfermos. Leonardo de Vinci advierte, mantente lejos de los médicos y sus alquimias.

A pesar de eso y tal vez por eso mismo, el gremio conservó un prestigio aureolado de temor y misterio. El sujeto común no tenía otra opción que curarse a sí mismo, buscar ayuda más accesible en algún aficionado al ars curavis, por lo general de la tercera edad, con voluntad de servicio o con menos escrúpulos, o recurrir a la farmacopea, representada por alguien que entendía de hierbas, bien poco más que el almacenero del pueblo. No era un escenario muy prometedor. Para ser más específico, era un desastre que se llevaba gente al cementerio con tanta frecuencia que no asombraba a nadie.

Las cosas empezaron a mejorar cuando los médicos empezaron a tomar contacto con las personas, cuando aterrizaron en la vida de todos los días, cuando tuvieron compasión. Han pasado muchos siglos, pero todavía quedan de los de antes.


PROCOPIO


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