El ambiguo poder de la sonrisa

Fecha Publicación: 12/1/2017

En el siglo XIX, el investigador francés Guillaume Duchenne cogía con presteza las cabezas recién cortadas por la guillotina y las estimulaba con electrodos tratando de buscar los mecanismos de la expresión de los músculos de la cara. Se veía obligado, explicaba quejoso, a trabajar a toda velocidad, ya que los nervios conducen impulsos sólo por pocas horas después de la muerte. Los ensayos no le llevaron a parte alguna y finalmente se aburrió de ese manifiestamente fúnebre método experimental.

No abandonó esa línea de investigación, con otro método ingenioso, utilizando un infeliz habitante de un hospicio, cuya enfermedad consistía en ausencia de sensibilidad al dolor en la cara, al aplicarle los consabidos electrodos, conseguía las contorciones faciales más espectaculares registrándolas rigurosamente hasta generar el primer mapa confiable de la geografía de la expresión facial, incluyendo sonrisas. 

Tendemos a responder a las sonrisas automáticamente, incluso a aquellas de las fotografías, debe ser por eso que son abundantemente utilizadas en publicidad de todo tipo. Se supone que ayudan a hacer amistad e influenciar a las personas positivamente, por supuesto que hay estudios sobre este interesantísimo tópico, que demuestran que la gente sonriente es considerada como más agradable, sociable, atractiva, capaz y honesta que aquella no sonriente. La pena es que esos estudios están en conocimiento de los desconocidos de siempre, los que han aprendido que el gesto en cuestión les permite engañar y encubrir, fingir y obtener así beneficios de todo orden, acompañando con sonrisas falsas un lenguaje convincente, para conseguir cualquier cosa, en el mejor de los casos, sólo el cuento del tío.



PROCOPIO
 


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