La imprecisa fuerza del destino

Fecha Publicación: 4/1/2017

Se podría proponer, sin intentar molestar a nadie, que todos, cuál más, cuál menos, creemos en el destino. Si se dice esto en una charla de sobremesa, se puede dar por seguro que en fracciones de segundo habrá alguien que salga al paso de tan antojadiza posibilidad, con algunos comentarios peyorativos sobre el azar o sobre nuestra capacidad para labrarnos un destino propio, por nuestra cuenta, sin participación de misteriosos poderes. Sin pensar en el azar, eso que ocurre por las circunstancias, el simple encadenamiento de sucesos que cambian nuestro entorno y que nos enfrenta, a veces, con circunstancias imponderables.

Por otro lado, nuestra voluntad y esfuerzo, para que las cosas sucedan como queremos que ocurran. Al final, pasa por nuestra manera de evaluar las cosas, de nuestra seguridad, podría ser, de nuestra soberbia, también, o de nuestras dudas. Por lo tanto, no habrá acuerdo. Me lo debo todo a mí, o se lo debo al destino o una feliz combinatoria del tradicional consejo "a Dios rogando y con el mazo dando".

No es mi día, puede ser una exclamación sorprendente del más pragmático convencido de propia capacidad para hacer su santa voluntad. Es mi día de suerte, son días tristes, hay días aciagos. Hay de esos días en que uno, sin ningún otro esfuerzo que abrir los ojos al despertar, sabe que las cosas van a estar bien, o lo contrario. La mayoría de las veces nos las arreglamos para que se confirme la tendencia al auto cumplimiento de la profecía, para bien o para mal.

Lo que sí está claro que la parte mayor depende de nosotros, de la fe y el empeño por hacer las cosas bien, hay algo de suerte, pero es como comenta ladinamente un campesino; mientras más trabajo, más suerte tengo.



PROCOPIO
 


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