Un capítulo que pone en duda y cuestiona la ética empresarial

Fecha Publicación: 28/9/2015

Esta habría sido una estupenda oportunidad para el lucimiento de uno de los abogados y oradores más famosos de la antigua Roma. Un acontecimiento digno de la frase "o tempora, o mores", usada por Marco Tulio Cicerón en su discurso acusatorio a Lucio Sergio Catilina, quien había conspirado con sus partidarios para matarlo junto a otros miembros clave del Senado, en el día de la elección de cónsules, en noviembre del año 63 A. de .C.

La frase se puede traducir como ¡Qué tiempos, qué costumbres! Cicerón deplora la perfidia y la corrupción de su época. Nada nuevo bajo el sol, como otro romano observa, solo pocos años más tarde; "Nada peor habrá de añadir la posteridad a nuestras costumbres". Ambos tendrían mucho que comentar de lo que la sociedad contemporánea ha sido capaz de aportar en el terreno de las malas prácticas.

No deja de ser peor, cuando las sociedades reconocidamente corruptas o con fragilidades de orden ético muestran casos de esa índole. Pero cuando eso ocurre en sociedades señaladas como probas y rectas por antonomasia, entonces el ciudadano medio no tiene otra cosa que concluir que está bien advertido y que sería muy aconsejable retirar tan pronto pueda la fe en los demás.

El caso de la gigante automotora Volkswagen, envuelta en un escándalo estrepitoso, abre toda una cadena de nuevas sospechas, de razones para desconfiar. Como si hiciera falta todavía otro poco, la compañía ha confesado la alteración de los test de emisiones de gas de más de 11 millones de unidades diesel: un software especial instalado en sus vehículos ayudó a reducir las emisiones de gas, ya que éstas, en realidad, estaban 40 veces por sobre el límite legal. Como se solía relatar los agravantes en los tiempos que estos servían para algo, con premeditación y alevosía.

Como era de esperar, este delito deja a otros fabricantes de automóviles bajo el manto de la duda, si, para empezar, han hecho maniobras semejantes. Los intérpretes de los impactos mediáticos agregan obviedades elementales, como que esta situación podría hacer mella en la confianza y seriedad de la industria, cuando difícilmente se puede desestimar reacciones de las personas, especialmente en relación a las ciudades, por el empeoramiento de la calidad del aire.

No faltan motivos para la preocupación. Localmente se ha entrevistado un alto ejecutivo de automóviles europeos, con el propósito de auscultar el significado de este comportamiento de la empresa alemana. La respuesta es altamente informativa, en cuanto a los costos económicos de este descubrimiento, el valor de las acciones, el número de automóviles que tendrán que ser revisados. No queda duda alguna sobre estas materias, y la preocupación surge por su comentario final: "La verdad es que esta fue una forma de pensar bastante tonta por parte de la firma".

No se trata de falta de inteligencia, lo que no se percibe es el estado de deterioro de los valores de compromiso y ética empresarial que este asunto deja en evidencia: el objetivo predominante, ganar el mercado a como de lugar, aún a costa de la falsedad, alevoso con el ambiente agredido y amenazado.

Cuando se piensa que las confianzas han tocado el piso, aún queda algo para agregar, puede ser que los empresarios que están haciendo las cosas bien tengan nuevas solicitudes de ingreso al deseable mundo de la gente honrada.


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