Las mentiras bien contadas

Fecha Publicación: 21/12/2016

Hay una expresión italiana, con su significado indirecto de respeto al mentiroso con competencias extraordinarias; se non è vero, è ben trovato; si no es verdad, está bien contado, o algo así. Debe haber sido la primera reacción incrédula a las descripciones de Marco Polo, antes que surgiera la mentalidad gigantesca de los brasileños, los más grandes del mundo, o los de Oviedo, caput mundi, al menos para sus habitantes.

El señor Polo regresa tras un viaje, desde donde nunca había estado hombre del mundo occidental. A Venecia de fines del siglo XIII, una de las mayores potencias comerciales y marítimas del mundo. En esa condición, cual más, cual menos, estaba acostumbrado a escuchar las historias más extraordinarias y peregrinas. 

Pero los cuentos de nuestro héroe superaban por lejos al campeón mundial de la época en narraciones maravillosas. Aseguraba haber visto extraer de las entrañas de la tierra, en la China, unas rocas negras que ardían mejor que la leña. Los venecianos se mataban de la risa, ajenos del todo a la existencia del carbón de piedra. Para qué imaginar la hilaridad ante un capítulo aún más improbable, cuando describía una fuente que había contemplado, en algún país remoto, de la que no manaba agua, sino negrísimo aceite. Faltaba unos pocos siglos para descubrir los campos petrolíferos de Bakú.

A su favor obraba el hecho de volver con grandes riquezas, objetos preciosos nunca vistos, telas para dejar a las gentiles dueñas de casa con violentos ataques de envidia. A diferencia del surgimiento de modernos Marcos Polos, ricos en imaginación y mañas, a la búsqueda de incautos que creen si se lo han contado bien.



PROCOPIO


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