Inadvertida trampa de la agricultura

Fecha Publicación: 18/12/2016

Se calcula que en las vecindades del año 10.000 aC, antes de la transición a la agricultura, la Tierra era el amplio hogar para 5 u 8 millones de irresponsables y sueltos cazadores nómadas. En el siglo I dC, el número de esos felices personajes, sin mayores aspiraciones, había descendido a uno o dos millones de cazadores-recolectores, en patética minoría comparados con los 250 millones de aquellos que se habían migrado al mundo de la agricultura.

Sin embargo, ese salto tuvo y tiene un alto precio que no termina de amortiguarse, ya que a diferencia del ámbito de los cazadores, que recorrían amplios territorios a palos o piedrazos- o lo que fuera el instrumento predominante- a cualquier cosa que sirviera para su inmediato consumo, los agricultores tuvieron que quedarse donde estaban, a esperar que el trigo madurara y, de paso, cuidar algunos animales aptos para el consumo, pero para después.

Esta simple variación significó que la percepción del tiempo, o la necesidad de mirar el futuro, cambiara radicalmente, de los cazadores, que una vez echados con la guatita llena y el corazón contento, cuya su preocupación por el futuro llegaba junto con el hambre, a los agricultores, con la espera de estación en estación, con el concepto de cosa propia y la necesidad de guardar semillas para después, en los cuales el concepto de futuro debió haber sido de harto más largo plazo.

Para los cazadores recolectores bastaba con vivir el día, para los agricultores se acabó la libertad. Es curioso cómo, aún ahora, coexistan ambas tribus, con los perfeccionamientos propios de la repetida experiencia, de tal manera que los cazadores guardan algo y los agricultores han aprendido a darse vacaciones.


PROCOPIO


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