Esperando la llegada del tren que vuelva a conectar el país

Fecha Publicación: 7/12/2016

Hubo que esperar solo 40 años para que el tren a vapor desde Concepción llegara otra vez a Laraquete. A finales del mes recién pasado, un numeroso contingente de familias repletó este medio de transporte, que siendo en todos los países desarrollados un medio fundamental y parte de la vida cotidiana, en nuestro país, ostenta la dudosa condición de reliquia histórica, de museo viviente, de ataque de nostalgia.

La red perdida de ferrocarriles volverá a penar en los planes de los gobiernos por la sencilla razón de su básica necesidad, lo que ha sido comprendido claramente en los país europeos que los han mantenido no importando los vaivenes de la economía, porque sus rentabilidades son más amplias que el simple balance de la caja.

Al final de su desguace y desamparo de la dictadura y a pesar de largos años en democracia, en intentos enclenques, se ha ensayado diferentes proyectos de poco impacto para dotar al país de un sistema ferroviario de pasajeros; con vías semi-concesionadas, equipos importados de segunda mano y polémicos manejos financieros, el resultado neto es del todo insatisfactorio. Trenes de calidad, puntuales y de amplia cobertura, han sido un deseo y necesidad incremental de la ciudadanía, que aspira a tenerlos, de alta velocidad, interregionales, nacionales o incluso internacionales, como alternativa competitiva, segura, cómoda y ecológicamente sustentable, a los demás sistemas terrestres y aéreos existentes.

Se hacen intentos de naturaleza turística-romántica-nostálgica, como si ese fuera el problema- la venta de actividades de fantasía ocasional- y no una necesidad estructural del transporte en Chile. No se trata de restar importancia a los intentos de recuperar patrimonios culturales, o lo atractivo que puede ser recrear la antigua atmósfera de los trenes a vapor con material traído desde museos ferroviarios. 

Mucha de la tarea está hecha, estadistas de más lejana vista que los actuales fueron capaces, a inicios del siglo pasado, de vencer los obstáculos de la geografía, y líneas férreas unieron los centros productivos del país, las ciudades y los pueblos. El traslado de personas, ideas, mercancías y novedades también creció. El concepto de comunidad nacional se apoyó en este medio de transporte que transfirió a gran parte de las alejadas regiones, los símbolos de la modernidad y pertenencia a un solo colectivo nacional, vinculadas con la llegada del tren.

El presidente José Manuel Balmaceda fue uno de los grandes impulsores de la intervención estatal en la planificación de los ferrocarriles. A su juicio, el tren contribuiría decisivamente a consolidar una nación próspera a nivel económico, social y político. La construcción del viaducto del Malleco reflejó este impulso. Su edificación, terminada en 1890, durante su gobierno, fue un emblema de la ingeniería metálica de gran envergadura, que permitió la rápida conexión del sur del país.

No lo tiene tan claro el actual Ministerio de Transporte, incluso un proyecto relativamente menor, como el Rancagua Express, no termina de encontrar nuevos tropiezos. Ni siquiera la evidente utilidad del Biotrén en esta región, por ejemplo, ha servido para pensar las cosas de nuevo. Pensar en grande, pensar para después, justo lo que hace falta.


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