La belleza, esfuerzo irrenunciable

Fecha Publicación: 4/12/2016

Por el momento se puede dejar para después la presencia física y los cuidados personales del histriónico y endiosado rey sol, Luis XIV. Se le dejará en paz, a pesar de severa reservas relativas a su higiene, para dar una mirada a las abundantes linduras de su corte, elegidas cuidadosamente, con la cara llena de sonrisas todo el día, mientras por debajo ocupaban todos sus talentos planeando complots para destruir definitivamente a la competencia de otras preciosuras, a cual con menos remilgos, sin escrúpulos de ninguna naturaleza, sin dar ni pedir cuartel.

No es posible imaginar que una corte estructurada hasta el más pequeño detalle, donde cada paso tenía un explícito manual de procedimiento, este delicado aspecto de la apariencia personal haya sido dejado en libertad. 

A pesar de que los moralistas andaban por ahí rondando las licenciosas prácticas del siglo XVIII, las gentiles e improbables doncellas usaban toda suerte de artimañas como una declaración de libertad, en correspondencia con la corriente del preciosismo, impulsadas por escritoras y dominantes damas nobles.

De nada valió que haber sido puestas en ridículo, ante sus excesos burgueses, por Moliere en la obra de teatro "Las preciosas ridículas", no impidió el uso abusivo de la pintura blanca de la cara, con rosado artificial en las mejillas, en parte para disimular los daños causados por trasnochadas y excesos varios, resultante en una generosa secuela de ojeras, eritemas y arrugas.

No es para tanto ahora, pero el arsenal de belleza actualmente disponible para ellas y ellos habría hecho palidecer de insana envidia a los más provistos.



PROCOPIO
 


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