Pasando gatos por liebres

Fecha Publicación: 4/12/2016

A la muerte de su incondicional mecenas Lorenzo de Medici, el joven Miguel Ángel se encontró súbitamente en la calle. Se puso a trabajar en lo que hubiera, mientras el hermano del Magnífico, Pedro, que no tenía la menor simpatía por el arte y sus dudosos representantes, le dio a nuestro héroe una carta de recomendación para que salir en busca de fortuna de Florencia a Roma, a enemigo que huye, puente de plata.

Los asuntos del arte no estaban bien por esos lados, todo el mundo estaba empecinado en obtener la escultura más antigua, o la obra de arte más recientemente desenterrada. Los artistas contemporáneos no tenían lugar en el mercado, algo parecido a la colección de miserables pintores impresionistas franceses, que cambiaban cuadros por un poco de comida o un rincón donde dormir.

Era una situación desfavorable para Miguel Ángel, que había cumplido recién 20 años. Con su carta de recomendación fue a saludar al cardenal Sforza-Riario, un afamado conocedor del arte clásico y poseedor de una envidiable colección de esculturas greco romanas de más de algunos centenares de años de antigüedad. A poco andar se dio cuenta que las cosas que él podía hacer no tenían valor para este diletante.

Con la ayuda de un traficante en arte, enterró una de sus esculturas, con tal habilidad que logró vendérsela al cardenal. Lo pillaron más tarde, pero se lo perdonaron para no pasar vergüenza, manteniendo al respecto un discreto silencio. La técnica es vieja, engañar de tal manera que para el engañado sea humillante reconocerlo y opte por dejarlo pasar. Cualquier parecido con circunstancias actuales es mera coincidencia.

PROCOPIO
 


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