Sobre buen gusto y gusto pésimo

Fecha Publicación: 27/11/2016

Es el gran tema de enólogos y sibaritas, por no mencionar incontables gourmets y golosos de indescifrable naturaleza; el gusto que tienen las cosas y el aterrador panorama de no encontrarles gusto alguno, o peor, de encontrarlo pésimo.

El no encontrarle el gusto a las cosas es un síntoma digno de análisis en algunas situaciones clínicas, pero no es de ese el tema, sino esa capacidad en sí misma que, como todo bien común, parece ocurrir simplemente porque sí.

El lugar del cuerpo más involucrado con este sentido es la llamada la loca de la casa, es decir, la lengua. Ese paquete de músculos polivalente y multipropósito sin el cual sería difícil concebir una vida normal. 

Además del listado de funciones que le podemos atribuir, la lengua tiene parcelas para diferentes experiencias gustativas, los dispositivos sensores, los encargados de anunciar que de que se trata, son las papilas gustativas, éstas tienen varios nombres, según el prócer que las haya descrito por primera vez. Tenemos de ellas algo así como 10.000, divididas en territorios, según la especialidad, por diversos sitios de la boca, ya que hay algunas, muchas menos, en la faringe, las amígdalas y el paladar, atribuyéndose a éste último una capacidad y relevancia injustificadas, como se deduce de la expresión, tener el paladar delicado, por ejemplo.

En realidad es la lengua la que se lleva la pars leonis, es ella y todos sus corpúsculos comunicados con el cerebro, los que nos tendrán plenamente informados de las casi infinitas posibilidades del sabor de las cosas en este planeta, acompañados por olfato, se puede hacer en este ámbito tareas sublimes. Pero, a pesar de ese poderoso dispositivo, todavía hay quienes perseveran en hacer cosas de mal gusto.

PROCOPIO


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