Para dejar la debida constancia

Fecha Publicación: 23/11/2016

Los libros siempre han sido objetos dignos de atención. Dejar algo escrito, un testimonio, ojalá indeleble, de lo que hemos experimentado, de lo que queremos preservar, ha sido una tentación difícil de resistir o mejor, una necesidad. 

Si uno era un amanuense persa, para anotar las situaciones que interesaban a su señor, si se estaba a cargo de la contabilidad del producto de las crecidas del Nilo, de poner esta información en elaborados jeroglíficos en impecables papiros. De imprimir en tabletas de arcilla el último inventario de impuestos recibidos por el emperador babilónico de turno. Pero, al mismo tiempo, la aventura personal de escribir lo que desbordaba el corazón o el cerebro a más de alguno.

Necesariamente escritos a mano, copiados de igual manera, si alguien quería tener un ejemplar; por lo tanto, era un enorme privilegio tener un libro, ya lo era ser capaz de leerlos. Competencia reservada sólo a poquísimos. El reconocimiento temprano de esta situación, puso a los libros en un orden especial de las cosas, no era como tener trigo, o envases de vidrio, o joyas, se requería de lugares y custodios particulares, las bibliotecas, para guardar, para compartir conocimientos entre los iniciados.

Ahora los libros se encuentran donde siempre, pero además, por centenares, en señales digitales, con las letras en soportes de pantalla de toda suerte de artilugios, por eso se ha anunciado su pronta desaparición, aunque el ritual de las editoras no da señales de pérdida de vitalidad, sobre todo en el primer mundo, donde se supone la tecnología impera. Se deja constancia que los libros, dados por muertos, gozan de excelente salud.


PROCOPIO


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