Los trenes olvidados

Fecha Publicación: 12/11/2016

Sobre el particular hay mucho paño que cortar, razones políticas, que por motivos varios no suelen ser ventiladas, los siempre convincentes razonamientos de orden económico; el ferrocarril produce pérdidas, ergo, hay que desmantelarlo, en perfecta armonía con el pensamiento estrictamente financiero. Con esa sola lógica, el costo que no se puso en la balanza fue el de cerrar los vínculos con cientos de pueblos pequeños, chilenos gracias a esa gran arteria e innumerables ramificaciones que era el tren y condenarlos al extermino por hipoxia, obligar a la migración de los jóvenes y dejar allí a los más viejos para sobrevivir y esperar con nostalgia un pasado desaparecido sin mayor aviso y sin plan de contingencia.

El tren se resiste a morir, sencillamente porque es demasiado útil y se puede dar el lujo de esperar que las gentes regresen a un estado de cordura y saquen las cuentas como es debido, o sea con mentalidad de estadista a largo plazo y no de gerentes con el horizonte puesto en el próximo balance, o de políticos que miden sus compromisos en función de los votos de sus clientes en las urnas. 

La verdadera solución pasa por política de Estado, volver a vertebrar el país, como uno de los pasos de la descentralización, que no todos los caminos lleguen necesariamente a Roma, que de ese modo logró incomunicar a sus contendientes.

Hacerlo bien, para mejorar la eficiencia del transporte, aumentando la seguridad en las carreteras, protegiendo mejor al ambiente, otorgando un servicio atractivo y confiable, de tal manera que se pueda invertir en la salud de pueblos menos rentables para el tren, pero social y económicamente rentables para la nación. En algún momento volveremos a subir al tren.


PROCOPIO


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