El cultivo de la sordera colectiva

Fecha Publicación: 29/10/2016

La conclusión de que "no hay peor sordo que el que no quiere oír", debe estar en la memoria colectiva de la Península por los últimos, a lo menos, cinco siglos. La existencia de ese tipo de personas que tienen la capacidad para ver solo el lado conveniente y acomodaticio a cada situación que les afecte, con la clara e inamovible concepción que todos los demás están equivocados, inaptos para apreciar los asuntos desde la perspectiva correcta, o con las limitaciones propias de quienes viven encapsulados en sus cortos alcances. 

Rechazan en consecuencia todo tipo de consejos o advertencias, ya que los juicios de los demás, en su particular modo de apreciar la realidad, están anulados por esa elemental incapacidad de ponderar el estado de las cosas, o sea, como ellos o ellas, las ven.

Para los testigos neutrales esta perpetua contienda es irritante; hay cansancio al constatar que hay quienes perseveran en dejar de oír, que aplican un adagio en sentido contrario, "a palabras necias oídos sordos". Con la salvedad que las palabras necias son siempre las de los demás.

Los mensajes son claros para la ciudadanía después de conocer los resultados de último acto eleccionario, que en oportunidades no dejaron títere con cabeza. Sin embargo, los políticos, sin excepción, desde la cabecera a los talones, han encontrado sus propias fórmulas de encantamiento, autocríticas inconducentes, ya que al final van a perseverar en sus dinámicas y sus malabares, banderas de lucha y principios intransables, que no se detienen salvo que, por esas cosa que a veces suceden, pierdan el sillón desde el cual emergen sus personales convicciones contra viento y marea.

PROCOPIO


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