¿Por la razón o la fuerza? El problema más allá de volver al voto obligatorio

Fecha Publicación: 27/10/2016

Hemos venido experimentando una sostenida tendencia al alejamiento, entre los políticos y la ciudadanía, aunque leer una línea como ésta tenga una connotación de mantra o letanía, es necesario traerlo a colación, no importa cuán reiteradamente, porque la consecuencia de ese distanciamiento es el establecimiento de un estado de apatía letárgica, que no consiste solo en no interesarse, sino, después de un tiempo, dejar de estar presente, percibir el accionar de la cosa pública como un ruido inconducente, ajeno e irrelevante, una trampa de extrema peligrosidad.

La sumatoria de expertos, al tratar de interpretar la alta abstención, describe, por lo pronto, tres causas para explicar este inconfortable fenómeno, en primer lugar, que la gente no cree que la decisión de votar les modifique en nada su vida, en segundo lugar, razones logísticas, que tiene que ver con las dificultades y los costos para trasladarse a los lugares de votación y, opinable con respecto al nivel de impacto, el así llamado clima electoral, el ambiente que se crea por diversos medios para que la ciudadanía incorpore la trascendencia de ese acto cívico.

La discusión sobre este punto puede eternizarse, porque es cosa de imaginación atribuir causas sin las pruebas objetivas, el tema estará sobre la mesa porque todos tenemos opinión al observar las circunstancias de nuestros propios entornos. Es entonces valedero señalar causas estructurales, no incidentes propios de los aconteceres actuales, sino la manera como este país ha tratado a sus futuros ciudadanos, de qué modo el Estado se ha hecho cargo de la formación de las personas para vivir en democracia, mediante educación formal y prioritaria.

Se ha esperado que vivir en comunidad, que involucra un equilibrio entre deberes y derechos, se resuelvan simplemente por experiencia y con uno que otro instructivo hecho circular en tiempos considerados estratégicos.

La transformación de una persona en parte de la sociedad es un proceso que incluye conocimiento, práctica y reiteración, la existencia de modelos consistentes y confiables, de buenos ejemplos. Aludir esos condicionantes permite intuir que hay efectivamente elementos faltantes, que no tenemos en consecuencia buenos ciudadanos, o por lo menos no en número suficiente como para hacer efectivamente uso de las herramientas de la democracia y en consecuencia correr el riesgo de dejar estas herramientas en manos con intereses propios en reemplazo de aquellos comunes y compartidos.

El voto obligatorio no es la solución, se podría obligar a regañadientes a la ciudadanía para que vote nulo o blanco, interesa en cambio educar a las personas para vivir en una comunidad democrática, interesa prestigiar el servicio público, hacerlo merecedor de confianza, y por otra parte hacer de la emisión del voto un acto de poca complejidad. Ya es bastante arduo decidir, no se requiere de otras barreras.

Tienen una obligación los nuevos electos, marcar la diferencia con el modo como se han venido haciendo las cosas, si no se aprecia cambios en los procedimientos acostumbrados, no solo dejarán de acudir nuevos votantes, sino que dejarán de votar los que suelen hacerlo. Está en juego la representatividad, por mucho y conveniente que sea jugar con fórmulas, los números en democracia, sí importan, son toda la diferencia entre la debilidad y la fuerza, entre lo trascendente y lo superfluo.


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