Sin espacio para la farándula

Fecha Publicación: 21/10/2016

La empalagosa historia de amor, del ex- rey de Gran Bretaña, Eduardo VIII, con la divorciada, plebeya y de trigos no demasiado limpios, la norteamerica Wallis Simpson, y la renuncia al trono por esa causa, fue la versión maquillada de un rey que prefirió el "dolce far niente", a los rigores de un cargo en un momento sumamente crítico para su país.

Eduardo y Wallis se casaron el 3 de junio de 1937, dejando en el trono al hermano, ahora Jorge VI, el padre de la actual reina Isabel II. En realidad, habría sido un rey pésimo, para empezar encontraba que Hitler lo estaba haciendo lo más bien y era digno de admiración; por otra parte, tenía muy poca afición al trabajo duro y al trabajo blando también.

La casa real ocultó con su usual discreción los detalles sucios, las negociaciones para concederle un título ventajoso de Duque de Windsor, sin otra obligación que cobrar un cheque suculento de por vida y tener la gentileza de no acercarse a Inglaterra sin ser invitado.

En un exilio más que dorado, sus principales preocupaciones fueron las partidas de golf, las sesiones de sauna y masaje de la duquesa y las fiestas permanentes de ambos; en el apogeo de su popularidad la pareja asistía a toda fiesta con aspiraciones a ser magnífica, muy buscados por su leyenda romántica más falsa que Judas.

Jorge VI prohibió acercamientos a la pareja, muy popular en cualquier parte, menos en su propio país, que a esas alturas tenía una idea más o menos clara de lo que en realidad había acontecido y el papel sacrificado y digno de un rey de verdad y su esposa. Una cosa es la farándula y otra bien distinta aguantar cuando la tierra de uno tiene por delante un futuro de sangre, sudor y lágrimas.

PROCOPIO
 


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