Filósofos insoportables

Fecha Publicación: 6/10/2016

Ponerse a pensar puede ser un emprendimiento altamente peligroso, hay que estar muy en el sano juicio para no ser capturado por la desconocida capacidad del cerebro para meternos en honduras, si le dejamos la rienda excesivamente suelta, o si por razones de salud mental, o labilidad de carácter, no estamos preparados para las consecuencias.

Un caso para ilustración puede ser el de Friedrich Nietzsche, la situación clásica en la cual es preferible quedarse con la obra y no con el autor. Profesor de filología clásica a los veinticuatro años de edad en la Universidad de Basilea, tarea que abandona decepcionado por el academicismo universitario. Enfermo y amargado tiene una vida cada vez más retirada a medida que avanzaba en edad y se intensificaban los síntomas de su enfermedad, la sífilis.

No hay duda ahora del valor de su obra, aunque durante algún tiempo la crítica atribuyó su tono corrosivo a la enfermedad que padecía desde joven y que terminó por ocasionarle la locura. Tras su fallecimiento, su hermana manipuló sus escritos, aproximándolos al ideario del movimiento nazi, que no dudó en invocarlos como aval de su ideología.

Sus reflexiones sobre la importancia de la vida y la superación del hombre suelen ser olvidadas por sus muchas frases cáusticas; "los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos". "Lo que no me mata, me hace más fuerte". "Si sólo se dieran limosnas por piedad, todos los mendigos hubieran ya muerto de hambre". "Un filósofo casado es, para decirlo claro, una figura ridícula".

Eso es lo malo de hacer estupendas frases para el bronce, que se puede olvidar que además de ellas existe toda una obra que no se refleja en las caricaturas. 


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