Celebración dieciochera: símbolos y resguardos

Fecha Publicación: 17/9/2015

A la llegada del Dieciocho algunos sitios corren serio peligro, el parque Ecuador solía ser sometido a tan intenso maltrato con la instalación de cocinerías disfrazadas de ramadas, que el pasto a varios metros a la redonda era convertido en un amasijo, entre tierra pisoteada y substancias varias por identificar. Nadie dio cifras sobre los costos de dejarlo como estaba una vez terminadas las jornadas de jolgorio, o fueron informadas con pudorosa reserva.

Las fiestas se han trasladado al Concepción virtual, ese que trata de encontrarse con la ciudad madre por sobre barreras que parecen haber sido construidas a propósito, líneas férreas y rejas, barreras que en algunos puntos estratégicos permiten pasar por allí, hay un gran monumento y una enorme bandera, lejanos al diario quehacer de los penquistas, que no les ven y, por lo mismo, no parecen representarles. En esta oportunidad, en un nuevo entorno, se ofrece de nuevo la posibilidad de integrar a un injustamente olvidado sector de la ciudad, a ensanchar los apretados márgenes de la urbe.

En ese sector habrá ramadas, con la noble y sincera invitación a vivir la chilenidad, no hay en principio nada irónico en esa descripción, la chilenidad es un sentimiento que no puede negarse. Por indiferente que se quiera parecer, septiembre, con su impronta establecida y cultivada desde la infancia, hace que las cosas se vean diferentes y hay algo profundo y auténtico que une al chileno medio con sus connacionales, los que aquí habitan y los que en estas fechas se acercan aunque físicamente no viajen, con sus costumbres y su modo de ser, otra vez sin ironía, porque hay características gratas en la gente, hay alegría, hay amistad, hay solidaridad, aunque transitoria y debido a los cambios que ha experimentado el modo de vivir en sociedad, cada vez más difícil de encontrar.

Las tradiciones no deben perderse, es fácil ser confundido por los atractivos de la transcultura, por los mensajes globales que tienden a dejar todo igual, resistirlos es imperioso si no se quiere perder la identidad, ya que cuando eso ocurre deja a todos perdidos, casi apátridas, ciudadanos del mundo, ciudadanos de ninguna parte.

La tradición que hay que construir es la de la celebración responsable, la de la alegría como alternativa al desenfreno y el vandalismo, que permita a las familias participar sin temor, construir el sentimiento de la patria desde temprano, como uno de los indispensables soportes del desarrollo de nacionalidad, de bien común, mucho más allá que ver flamear la misma bandera por todas partes, en la casa del vecino, en los grandes mástiles del espacio público. Puede ser que sean símbolos, de imponderable importancia para los crecidos en escepticismo, pero que progresivamente elaboran un sentido de pertenencia, sin el cual es difícil concebir la creación colectiva de una patria mejor, asumida como compromiso ineludible.

Esta forma de argumentación no suele estar al alcance de aquellos que, a lo mejor, enfrentados a ella, decidieran dar un espacio de reflexión a normas de comportamiento, más asociadas a una cultura sistemática y temprana que a llamativos afiches pidiendo cuidado y respeto. Por tanto, es una llamada a las autoridades para garantizar el orden y el espacio público, asegurar a las familias unas jornadas tranquilas, gratas, aleccionadoras y patrióticas, una forma tan importante como muchas otras dirigidas al constructivo ejercicio de hacer patria.


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