Acciones necesarias en tiempos de sequía

Fecha Publicación: 14/9/2016

Hay una responsabilidad ineludible para el ciudadano común, que tiene que estar consciente de que se trata de una situación que no se resolverá en el corto plazo, y que también puede y debe comprometerse a cuidar el agua como el recurso escaso que es, y actuar en consecuencia. 

 

 

Si pudiera haber una nostalgia altamente improbable, esta sería la de los penquistas antiguos por la lluvia, difícil es echar de menos los interminables inviernos lluviosos y la humedad persistente, pegajosa e invasiva.

Se ha dejado de observar las semanas enteras sin parar de llover, aunque ahora suene como un recuerdo más bien hiperbólico. En contraste y posiblemente no para mejor, lo que se ha venido sufriendo son las consecuencias de la llamada “megasequía”, con ese denominador porque afecta una vasta porción del territorio nacional y porque su duración se extiende por algo así como seis años, con un déficit, calculado al fin de temporada del año pasado, cercano al 30%, lo que significa una enorme masa menor de agua. Efectivamente, este preocupante fenómeno se extiende por siete regiones, desde Coquimbo a La Araucanía y afecta también la zona sur del país, en efecto.

En una evaluación a junio del presente año, según un estudio de la Corporación Nacional Forestal (Conaf ), el 72% de la superficie del país sufre de sequía en alguno de sus grados, afectando al 90% de los habitantes. El 79,1% del territorio, en tanto, tiene algún riesgo de degradación y el 27,1% de sufrir desertificación. Al interpretar esta situación el año pasado, el subdirector del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia, el mayor centro de estudios sobre el clima en Chile, que está conformado por investigadores de las universidades de Chile, Austral y de Concepción, señala que al examinar el registro histórico se encuentra muy pocos eventos similares, incluso en ciertos lugares no hay ninguno análogo. 

Se ha descrito la presente década como la más seca y cálida registrada, con temperaturas entre 0,5 °C y 1,5 °C sobre el promedio histórico, con negativo impacto sobre la agricultura y la agroindustria, el número de incendios y en otros efectos generalmente desconocidos, como la variación negativa de los nutrientes que llegan de los ríos al mar.

Desde el año 2012 que no se produce un año con alta precipitación, el resultado está a la vista; el bajo nivel de agua en los embalses, algunos con déficits de 80%, impactando en la vegetación, y disminuyendo la descarga de nutrientes, como el nitrato y el fosfato, de los ríos a la costa, indispensables para el crecimiento del fitoplancton, primer eslabón de la cadena trófica acuática. “Lo que llega al mar no se pierde, como se dice tan ligeramente, el agua dulce alimenta los ecosistemas marinos y cuando se produce sequía o una extracción brutal en los ríos, va a generar problemas en ese ecosistema”, explica José Luis Arumí, hidrólogo de la U. de Concepción.

Es dable esperar las correspondientes acciones gubernamentales, poner en marcha el plan del Ejecutivo para recuperar y construir embalses, plantas desaladoras y sistemas de cosecha de aguas lluvias, modificaciones del Código de Aguas y en una nueva institucionalidad.

También hay una responsabilidad ineludible para la propia ciudadanía, que tiene que estar consciente de que se trata de una situación que no se resolverá en el corto plazo, y que también puede comprometerse a cuidar el agua como el recurso escaso que es, y actuar en consecuencia. La evidencia científica indica que hay que prepararse para el futuro.

No se trata de grandes embalses, sino de todas las iniciativas que permitan almacenar y cuidar el agua. Tenemos que acostumbrarnos a dejar de ver el agua como elemento desechable


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