No dejar las cosas al destino

Fecha Publicación: 10/9/2016

Si nos viéramos trasladados a algún punto de Europa, al medio de la edad media, podríamos apreciar que el fenómeno de la superstición vivía feliz de la vida en medio de guerras eternas, cruzadas, luchas intestinas, cortes del buen amor, torneos y la vida en colores para unos pocos y la vida miserablemente ínfima y piadosamente breve para los muchos más, sin tanta suerte. Nacidos en el lado incorrecto de la rueda de la fortuna que para entonces estaba un tanto clavada.

Con hambrunas, peste negra y caballeros que eran una peste adicional- multicolores y un tanto enloquecidos, pero no por eso menos letales- a los villanos y campesinos, es decir, los habitantes de las villas y los que trabajaban una tierra ajena para el señor de turno, no les quedaba otra que tener fe, creer en el destino mejor ofrecido por los sacerdotes que les consolaban con glorias por venir y les instaban a trabajar con humildad y ahínco para los nobles.

De paso, esos santos varones, como emprendimiento diversificado vendían indulgencias y perdonazos, se podía eliminar culpas por un precio razonable y adquirir además algunos blindajes adicionales invirtiendo en reliquias. El stock era impresionante, trozos del pañal de Jesús, frasquitos conteniendo aliento del burro que llevo la sagrada familia a Belén, trozos de la lanza usada para torturar a Cristo en el Gólgota, un respetable surtido de pedacitos de ropas y huesos de santo, en fin de todo, una verdadera suerte ante la altísima necesidad y mayor demanda.

Después de tanto tiempo, más de alguno de nosotros ha comprendido que ser supersticioso es más bien dejar la vida en manos del destino, mala cosa, porque dejar al destino es renunciar a seguir luchando.

 

PROCOPIO


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