El desafío de ciudades ideales para vivir y desarrollarse

Fecha Publicación: 15/9/2015

Existen muchos criterios teóricos para calificar a una ciudad de "bella". Pero al final, la belleza, o más precisamente, lo que nos hace enamorarnos de una urbe, va determinado no por parámetros técnicos, ni por megaproyectos de arquitectos connotados, ni por una inversión monumental en carreteras, sino por una relación de carácter subjetiva y misteriosa, por lazos invisibles que se entretejen a partir de una construcción afectiva entre la ciudad, el habitante o el visitante. 

El destacado arquitecto y urbanista Roberto Lira Olmo, quien falleció prematuramente en 2013, solía decir que la ciudad ideal era aquella pensada para los niños, aquella que permite cobijar, dar seguridad, que cuenta con rincones para esconderse. En fin de cuentas, para jugar. 

Hay un consenso que una palanca clave para el desarrollo local, en el contexto de la globalización, es contar con una ciudad atractiva para vivir, un lugar donde quieres que tus hijos crezcan, con una variada oferta de servicios. 

Una ciudad entretenida logra capturar al capital humano más calificado, a los jóvenes empresarios y con esto se gatillan los circuitos virtuosos de desarrollo: captura de capital humano calificado, procesos de innovación, generación de nuevos negocios y, finalmente, el desarrollo de un entorno más atractivo para vivir.

Un caso interesante, que evidencia este desafío, es lo que sucede con la minería del cobre y la ciudad de Calama. La pregunta es ¿Dónde viven los ejecutivos y profesionales altamente calificados que trabajan en el sector? La respuesta es obvia: en Santiago. En la práctica tenemos un puente aéreo entre Santiago y Calama o entre Santiago y Antofagasta.

Este capital humano avanzado no quiere dejar de vivir en la ciudad que tiene la mayor oferta de servicios, educación, cultura y desarrollo personal. 

Lo anterior pese al estrés que genera vivir en una megápolis lejana de la escala humana, infestada de tacos, transporte publico saturado y contaminación. Aunque claro, no son pocos los que piensan que el estrés que genera vivir en una gran capital es menor al que puede generar el estar amarrado a un empleo en una ciudad pequeña, con pocas oportunidades de desarrollo profesional. En provincia se vive bajo el signo fatalista/realista de que si se pierde lo que se tiene, no necesariamente existirá la oportunidad de encontrar otro trabajo bajo estándares similares. Y ese abanico inagotable de posibilidades es algo que se valora de las grandes ciudades en los tiempos actuales.

Chile puede ser un país desarrollado en la medida que tengamos muchas "ciudades ideales" dispersas en el territorio nacional. Lo anterior no va a suceder por las solas fuerzas del mercado, sino con el mercado. El Estado, por la vía de las políticas públicas, puede contribuir a generar condiciones para dar valor a nuestras actuales ciudades.

Las ciudades son organismos vivos, sin embargo, necesitan de políticas públicas que permitan: la producción de espacios públicos, la habilitación de polígonos para la localización de empresas, una política que mitigue la segregación urbana, medios de transporte en óptima calidad, con anchas avenidas, bellos edificios, con vías verdes, con universidades potentes, con medios de comunicación locales, entre otros aspectos.

No obstante, lo más importante es contar con ciudadanos que estén atentos y que tengan capacidad para proyectarse en el largo plazo, de cierta forma para trascender a una generación. Cuando pensamos en la ciudad tenemos que volver a la antigua definición de patrimonio que es aquello que los padres heredan a los hijos. Esta dimensión es fundamental para generar una ciudad ideal.


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