En el fondo de la caja de Pandora

Fecha Publicación: 1/9/2016

Si hay algo que a los dioses les produce indignación es que algún mortal se tome atribuciones, los castigos suelen ser ejemplificadores. El modelo ha sido tan exitoso que a los endiosados les viene de perillas para adoptar idéntica actitud, aquella de resentirse si alguien tiene a la osadía de hacerles sombra, no importa cuán tenue o sin mala intención.

El episodio de indignación por antonomasia es la venganza de Zeus, como parte de un castigo a Prometeo por haber revelado a la humanidad el secreto del fuego; con ese objeto creó una doncella perfecta, todos los dioses y diosas cooperaron para dejarla irresistible, el nombre que le pusieron era el que correspondía; Pandora, con todos los dones.

La llevaron a la Tierra, con un hermoso cofre, no le faltaron pretendientes, pero ella, fiel al libreto, se dirigió hacia Epimeteo, el ingenuo hermano de Prometeo, llevándole el regalo de Zeus, el cual fue aceptado por mucho que Prometeo, harto más avispado, le hubiera advertido que no aceptara regalos de los dioses, porque solían venir con malas sorpresas.

Hasta entonces los hombres, aconsejados por su hermano, habían vivido libres del mal, no sujetos a un trabajo gravoso y exentos de la torturante enfermedad, pero apenas Epimeteo abrió la tapa del cofre, salieron volando innumerables males, desgracias y pestes, con la velocidad del rayo. Sin embargo, puede ser que con un gesto de mínima compasión de los dioses, o para no quedar sin clientela, dejaron en el fondo de la caja un único bien: la esperanza. 

Siguiendo el consejo del padre de los dioses, Pandora dejó caer la cubierta antes de que aquella pudiera echar a volar. Allí está, para ser buscada cuando todo el resto parezca perdido.


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