La amnistía de la delincuencia

Fecha Publicación: 22/8/2016

Sería peligroso que por evitar la repetición, o ser tildados de majaderos, se omita aludir a determinadas situaciones delictuales, permitir que pasen y tendiendo sobre ellas un telón de silencio que puede transformarse sin querer en imperdonable complicidad. Convertir los delitos y a sus actores en una rutina más, propia de la naturaleza de la ciudad, que los destrozos y sus causantes pasen a integrar el presupuesto a tener en cuenta al momento de describir el futuro de la urbe.

Concepción no es así, Chile no es así, ni la gran mayoría de quienes habitan las ciudades y pueblos chilenos. Hay delincuentes, los menos y gente honrada, los más, solo que estos últimos no alcanzan notoriedad, viven en el silencioso y muy buscado anonimato de la paz. Mientras los que llenan la calle de barricadas, fogatas y aullidos están en los medios, cotidianamente. Agresivos e insultantes, sin arriesgar nada en medio de la tácita inmunidad concedida por las autoridades, que para efectos prácticos solo repara daños.

No es de extrañar que entre las causas para la caída vertical en popularidad de las autoridades se mencione esa incapacidad aparente para lidiar con los delincuentes y la creciente sensación de estar solos en esto, transformando hogares en castillos o cárceles, con rejas para la seguridad de nuestras familias.

Es necesario ser concreto al momento de describir exactamente cuál es la situación que se vive en cualquier momento; encapuchados que en las tardes, al caer el sol, interrumpen el tránsito, por una hora o más, con barricadas en un sector saturado de vehículos, en calles de intenso tránsito. Los manifestantes- un apelativo que en realidad resulta hipócrita- se encargan de encender piras o neumáticos, destrozando semáforos y señalética, lanzando piedras dañan vehículos que transitan el sector y rompen vidrios de casas particulares y locales comerciales.

Las fuerzas del orden aparecen tardíamente en el lugar, las frases que siguen son las mismas; los efectivos de Carabineros dispersaron a los manifestantes, haciendo uso del carro lanza aguas y el tránsito fue restablecido. La eficacia de esa intervención es dudosa, minutos más tarde, los encapuchados aparecen en otro sector cercano y repiten los desórdenes y los daños. No hay detenidos, alguien se encargará de limpiar, la normalidad se ha recuperado, hasta el próximo aviso. Se ha logrado ofrecer, nuevamente, lamentablemente, un repliegue estratégico sin costo para los hechores.

No se puede culpar a Carabineros, este organismo que tiene un alto índice de aprobación y confianza de la ciudadanía, dado lo correcto de su proceder, es al mismo tiempo respetuoso y ordenado jerárquicamente, por tanto se atiene a los protocolos de procedimiento ante estas situaciones, son entonces tales protocolos y los instructivos de las autoridades los que deben ser evaluados.

En términos concretos, esa evaluación, la del accionar del Gobierno frente a la delincuencia, a las asonadas callejeras y otras formas violentas de protesta, ya ha sido efectuada, está claramente expresada en los resultados de las encuestas efectuadas con ese propósito, los encapuchados, los delincuentes ni aun así parecen estar entre las preocupaciones de las autoridades de gobierno, o por lo menos, lejos de sus prioridades.


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