Con los niños no hay que bajar los brazos

Fecha Publicación: 20/8/2016

A la hora de estimar el potencial del niño Theodore Roosevelt, Teedie para el común de los mortales, nadie en su sano juicio habría apostado por un futuro rutilante, para entonces no daba seguridades a nadie; enfermizo extremo, débil, afectado por el asma, jadeaba de noche, días en condición exhausta, flaco de piernas, rostro pálido y con el aparato digestivo en permanente estado de sorpresa. 

No era por falta de empeño, jugaba con sus dos hermanas, andando a caballo, recogiendo manzanas, cazando ranas, aun así, no pudo ir a la escuela, recibiendo educación a domicilio. Su padre, poco amigo de enclenques, le instaló un gimnasio, con clases de boxeo incluidas. Superada esa etapa, el buen Teedie descubre que es miope y entiende porqué andaba a tropezones por el mundo. Famoso por lo torpe y por la mala puntería, fue un auténtico milagro que no matara a nadie en los ejercicios de tiro.

Cuando se puso su primer par de lentes ópticos, para Roosevelt se abrió, en sus propios términos, un mundo enteramente nuevo, "yo había sido desmañado", confesó más tarde, y la razón más simple era que no sabía que no podía ver bien, ignorante de lo que no veía.

A lo mejor supo que podía llegar a ser presidente de los EE.UU, a lo mejor no, pero de ahí en adelante no se le olvidó por lo que había pasado, toda su vida hizo esfuerzos para retirar las causas físicas de deficiencia en los niños que, con frecuencia, son acusados injustamente de ser obstinados, distraídos o mentalmente limitados, de buscar oportunidades para ellos.

A la infancia hay que tenerle fe y hacer todo lo que se pueda, sin bajar la guardia, nadie sabe cuántos potenciales están por allí, escondidos, esperando que alguien los venga a buscar.


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