Una mirada al pasado para construir el futuro del Gran Concepción

Fecha Publicación: 13/9/2015

Parte importante de la identidad penquista nace desde una mirada de alteridad. Desde su fundación, los penquistas se han definido a sí mismos en función de su comparación con Santiago, desde la posición del desfavorecido, desde la conciencia de sufrir más y obtener menos. Un paradigma, por lo demás, fuertemente anclado en la realidad. La muralla y la espada de Penco contienen la Guerra de Arauco muy lejos de Santiago, que crece y se desarrolla gracias a la seguridad que ésta le provee. 

El clima menos benigno, la guerra, la indómita naturaleza, los múltiples terremotos, parecen forjar la resiliencia en el carácter del penquista, así como su naturaleza levantisca y poco tolerante ante las actitudes soberbias propias del centralismo. La primera mitad del siglo XIX abundó en ejemplos en que Concepción le levantó la voz a Santiago. Recordemos a Rozas movilizando a las tropas penquistas, tras haber sido marginado del poder en un proceso en el que el cabildo de Santiago dejó fuera a las provincias; la insurrección de Freire y el Ejército del Sur contra O’Higgins, y luego contra el triunvirato designado por la aristocracia santiaguina; y la fracasada tentativa de golpe de estado del candidato presidencial penquista José María de la Cruz, tras la elección de 1951, que llevó a la Pencópolis a levantarse en armas por última vez contra Santiago. Su derrota puso término al estatus de potencia militar que Concepción mantuvo durante tres siglos. 

Contrario a lo que podría pensarse, la pérdida de su preeminencia político-militar no supuso una decadencia para la zona, sino al contrario: cuando más destacó en las armas la Pencópolis, más deficitaria fue su economía. Un ejemplo claro de esto fue la el período de paz que se vivió en la segunda mitad del siglo XVIII. 

Ni siquiera el terremoto de 1751 ni el traslado de la ciudad a su emplazamiento definitivo en el Valle de la Mocha pudieron frenar el gran salto económico que se produjo en la provincia, primero con el aporte tecnológico en la agricultura de los jesuitas, y después, con el tremendo dinamismo que inyectaron en la economía los empresarios vascos que llegaron a la zona, con su visión mercantil moderna y entusiasta. 

Algo similar ocurrió en la zona durante la segunda mitad del S. XIX, con el boom de la exportación triguera y cerealera. Pero pese al crecimiento y dinamismo de la economía penquista y de su zona de influencia, la Pencópolis siempre estuvo un paso atrás de Santiago, a causa de un aparataje burocrático centralista ya consolidado desde la colonia. De cada triunfo de Concepción en materia mercantil se favorecía también Santiago; mientras que ciertos fracasos penquistas también supusieron una oportunidad para la capital. Por lo demás, no podía ser de otra forma, pues la economía no puede aislarse de su entorno para beneficiar, de manera egoísta, sólo al que asume los costos.

No es la idea exacerbar los ánimos regionalistas, sino entregar elementos de valoración y análisis de lo que hemos sido, para ser capaces de proyectarnos y aspirar a un futuro donde Concepción tenga un mayor margen de decisión sobre sus propios destinos. Tal vez el conocer más a fondo de donde venimos y todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí nos ayude a dar los pasos necesarios para convertirnos en una zona más atractiva para el desarrollo empresarial, turístico y académico, capaz de ofrecerle verdaderas oportunidades de desarrollo a nuestros talentos. 
 


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